El día arrancó medio triki. C se despertó sintiéndose bastante mal, con fiebre incluida, así que la mañana empezó a base de ibuprofeno y mimos. Por suerte repuntó un poco, lo suficiente como para seguir adelante con el plan.
Como veníamos acumulando una abstinencia de pan, el desayuno fue un verdadero homenaje a las tostadas con manteca. Muchas, demasiadas quizás, pero nada que no se resuelva con unos burpees a la vuelta. Todo era necesario para compensar semanas de arroz en todas sus versiones posibles.
Con algo más de energía, salimos rumbo a Kata Noi. A mi gusto, fue la mejor playa de todo Phuket.
Alquilamos un par de sombrillas con cuatro reposeras por módicos 400 THB, una decisión brillante ya que C pudo hibernar cómodamente. Si bien el ibuprofeno ayudó, claramente no estaba para aventuras acuáticas y prefirió mirar el mar desde la horizontal.
Quienes sí decidieron despedirse del océano como corresponde fueron I y M, que directamente se mudaron al agua. Entraban, salían, volvían a entrar, flotaban, nadaban, chapoteaban… todo el día. Con el calor que hacía, la verdad es que no había otra opción posible que estar en el agua o fingir la muerte bajo la sombrilla.
Y acá es donde se nota claramente la diferencia entre Kata y Patong, dos mundos que conviven en la misma isla pero no podrían ser más opuestos.
Kata es esa playa que te hace creer que sos una buena versión de ser humano. El mar es más claro, la gente habla bajito, nadie te grita queriéndote vender viajes en parapente. Es el tipo de lugar donde te dan ganas de tirarte a hacer, literalmente, nada.
Patong, en cambio, es como una fiesta a la que nunca quisiste ir pero terminaste entrando igual. Todo es ruido, luces, vendedores insistentes, música que compite entre sí y una energía rara donde todos los pecados capitales están a la vista.
En Kata, el gran dilema es si te metés al agua ahora o en cinco minutos. En Patong, si parpadeás, te venden una excursión, una cerveza, marihuana, armas o un masaje que puede terminar (o no) de manera feliz (guiño, guiño).
Kata es sonido de mar. Patong es carnaval, shopping y bizarreada… a las tres de la tarde.
Volviendo al día, el universo decidió agregar un poco más de condimento cuando B empezó a sentir un ardor infernal en la piel y apareció un sarpullido traicionero en la entrepierna (una mezcla entre la famosa "paspadura del viajero" y una reacción alérgica inoportuna), así que su relación con el mar quedó oficialmente terminada. Phuket cobra peajes raros.
Entre chapuzones y varias siestas muy bien aprovechadas por los adultos, emprendimos la vuelta para nuestra última noche en la casa de Patong. Ahí cayó la ficha: el viaje se está terminando posta.
Solo quedaba resolver el misterio del día de mañana, porque el vuelo sale a las 18:30 pero el check out es a las 11; ese "limbo viajero" tan incómodo.
Después de algunas consultas con nuestro agente de viajes estrella (la IA amiga), apareció una opción brillante: pasar el día en el Splash Jungle Water Park, un parque acuático estratégicamente ubicado al lado del aeropuerto. Plan improvisado, práctico y con toboganes. Aprobado por una unidad y sin debate.
Cerramos el día jugando un jueguito de mesa, entre risas, cansancio y esa mezcla rara de felicidad y nostalgia que aparece cuando un viaje se termina. A la cama, sabiendo que mañana tocaba despedirse de Tailandia.
Conclusión Phuket: playas increíbles, calor intenso, contrastes constantes. De un lado, paraísos como Kata Noi; del otro, Patong con su caos, luces, ruido y una vibra medio bizarra que no terminó de convencernos. Phuket fue lindo, intenso, a ratos agotador, pero sin dudas un gran cierre para este viaje inolvidable.
Mañana nos vamos al frío extremo de Pekín, pero nos llevamos arena en las mochilas, anécdotas de sobra y la sensación de haber exprimido hasta el último día este destino tropical.