Hoy dejamos Phuket, abandonamos el calor, nos despedimos de las playas y le decimos adiós a los "pac-man parlantes" (esa grafía tailandesa imposible de descifrar) para iniciar el largo camino a casa.
Un vuelo que salía a las 18:25 hs y la imposibilidad de hacer un late checkout nos puso frente a una situación incómoda que, al momento de armar el viaje, no consideramos: el famoso gap en la planificación. Qué hacés con 4 niños y las mochilas durante 6 horas sin hotel?
La idea de un parque acuático a metros del aeropuerto se nos presentó como una oportunidad salvadora. Y ahí fuimos!
Para las 10 ya estábamos en viaje. El Bolt nuevamente nos envió una de esas Vans para 10 pasajeros que no dejan de sorprendernos. Asientos de cuero, techo espejado y terminaciones en dorado... Es, básicamente, como viajar en un albergue transitorio de zona oeste, pero con ruedas. Estoy seguro de que alguno de los tantos botones del tablero debe activar el "modo fiesta", iniciar la música romántica y el juego de luces de neón. Algo que, siendo tan temprano por la mañana (y con los niños a bordo), no me animé a averiguar.
Y eso me lleva a una reflexión... ¿Qué tienen estos tipos con el dorado?
Lo usan en todos lados. Desde lo más sagrado —como templos, imágenes de Budas y las casitas de los espíritus— hasta en cosas tan mundanas como los carteles de las calles o las molduras de nuestra van.
Aprendí que, para el Thai promedio, el dorado no es solo estética: es pureza espiritual, es lealtad a su Rey y es seguridad financiera colgada al cuello. Y aunque a nuestros ojos occidentales ese color amarillento parezca "trucho" o de fantasía, es en realidad un oro más puro que el nuestro (24 quilates). Un dorado que, bajo el sol tropical, te encandila más que el propio astro rey.
El parque de agua (Splash Jungle) fue todo un éxito. Grandes y chicos bajo la adrenalina de los toboganes, subiendo escaleras con gomones en mano para tirarse por tubos serpenteantes. Por momentos gritando, por otros relajando en el lazy river donde la corriente te arrastra lentamente sin que tengas que pensar.
Fue la dosis justa de cloro y diversión para darle un gran cierre a Tailandia.
Para eso de las 15 ya estábamos camino al aeropuerto. Operativo cambio de vestuario: afuera las mallas y ojotas, adentro zapatillas y pantalones largos.
El Lounge de Phuket nos dio de comer (todavía me parece increíble que nos sigan dejando entrar con los 4 pibes) y, tras 5 horas de vuelo, Air China nos depositó en la realidad.
Bienvenidos al futuro (y al frío).
Pekín nos recibió a las casi 2 de la mañana con sus -9 grados (-11 de térmica) y su aire seco que te cachetea la cara.
El Didi (el Uber chino), por la módica suma de 10 dolaracos, nos llevó en un Arcfox deportivo impecable de regreso a nuestro hotel.
China pasó de copiar modelos viejos a liderar la tecnología eléctrica mundial en menos de 10 años, y se nota en cada semáforo. Ya hablamos del parque automotor, pero es algo que no deja de sorprenderme: es como aterrizar en una película de ciencia ficción.
Volvimos al hotel donde todo comenzó y donde todo está terminando.
Recogimos nuestra ropa de abrigo que estuvo encerrada en una valija por 18 días y nos fuimos a descansar.
Mañana salimos a patear Pekín por última vez.






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