Los viajes de L y G
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13/12/2025
AS2025 - Día 8 - Chau China, Hola Tailandia - 2025-12-14
AS2025 - Día 7 - Beijing (Palacio de Verano) - 2025-12-13
by N
Se preguntarán cómo nos fue con el temita de dominar el jet lag. Bueno, en el caso de la familia SV solo puedo decir que la noche fue larga. Después de que M cayó rendida a las 8 de la noche, a las 12 y media, mientras todos dormíamos, se sentó en la cama y preguntó con total naturalidad: “¿ya es de día, ma?”. Pregunta para la cual a esa hora mi cerebro no estaba preparado. Por suerte, tras un par de vueltas se volvió a dormir y logramos estirar el amanecer hasta las 8 de la mañana, lo que en este viaje ya cuenta como éxito.
Como nuestra rutina, desayunamos en la habitación. Esta vez compramos cafés en Luckin de la única forma que existe - online - y unos sándwiches de jamón y queso que venían con un sabor picante sorpresa, porque claramente en China nada es simplemente jamón y queso. Las criaturitas, fieles a su dieta internacional, comieron galletitas y frutas. Con el corazón contento y la panza apenas engañada salimos rumbo a la Plaza Tiananmen, esa plaza enorme, una de las más grandes del mundo, escenario de desfiles, actos oficiales y eventos históricos que no necesitan demasiada explicación.
Después de Metro y caminata nos chocamos con la realidad china, versión burocracia nivel experto: aunque la plaza es gratuita, había que tener reserva previa. Reserva que, obviamente, no teníamos. Así que activamos plan B y decidimos ir al Palacio de Verano, que quedaba solo a una distancia razonable de dos combinaciones de metro y 17 estaciones. Nada grave.

Para cuando subimos al segundo metro, las bendis ya habían arrancado con el mantra ensordecedor de “tengo hambre”. Por suerte unos tomates cherry y uvas lograron mantenerlas con vida hasta que al salir del metro apareció un KFC salvador. No era muy cultural, pero sí extremadamente funcional, así que entramos sin culpa. Ni bien entramos, un señor muy amable nos recibió, nos buscó mesa y nos dijo que el pedido lo teníamos que hacer con él. Desconfiados como ya nos volvimos, fuimos a buscar la caja… que no existía. Todo era por app. Así que entendimos que el señor no era sospechoso sino un alma caritativa digital, y accedimos a su ayuda.
Pedimos, comimos y confirmamos lo inevitable: las fieras arrasaron con absolutamente todo y no quedó ni un nugget. Así que el señor volvió a hacer magia con su app y pidió otra ronda. Una vez todos alimentados, el señor se acercó nuevamente y ahí entendimos que su amabilidad no era del todo gratuita ya que pretendía vendernos vaya uno a saber qué cosa. Cuando se dio cuenta de que no iba a sacarnos ni un scaneo de Alipay, se fue visiblemente ofendido.
Antes de seguir viaje, tocaba ir al baño. Y ahí vino el shock cultural del día, los baños chinos de letrina. Imagínense la escena, capas y capas de ropa térmica, pantalones, buzos, camperas, intentando hacer equilibrio en sentadillas profundas. Algunas desistieron, pero la necesidad siempre gana, así que terminaron poniendo en práctica habilidades dignas de una clase avanzada de crossfit.
Superado ese desafío, partimos finalmente hacia el Palacio de Verano. No hizo falta traje de baño, por suerte, porque la temperatura rondaba los -2 grados. Pagamos 25 yuanes, las Oompa Loompas no pagaron por no llegar al metro veinte, y entramos. El Palacio de Verano es básicamente el jardín imperial más grande y mejor conservado de China, creado como lugar de descanso para los emperadores, con lagos, colinas, templos y pasillos interminables que en verano deben ser divinos, pero en invierno son hermosos y crueles al mismo tiempo.
Entre patinada y patinada por el hielo, nos internamos en el parque hasta llegar al lago, sacamos fotos pintorescas y hasta nos dimos el lujo de una guerra de nieve. Pero entre el frío, el cansancio y la marea humana de chinos, porque es sábado y el chino promedio sale en masa a sacarse selfies en todos los monumentos de Pekín, decidimos retirarnos sin hacer el recorrido completo. Total, después de un rato todo empieza a parecer el mismo árbol nevado.
En el camino de regreso, M empezó a cabecear otra vez, siendo apenas las 5 de la tarde. Volver al hotel significaba otra noche con despertares madrugadores, así que alargamos la vuelta y nos metimos en el shopping APM con la esperanza de reanimarla. Bueno, no funcionó. Cada banquito era una invitación directa a la siesta. Después pasamos por Zara, donde I y C entraron en modo “queremos toda el local”, mientras nosotros solo queríamos sobrevivir.
Para sumar una experiencia más al día, mandamos a V y G en busca de mochis, esos dulces japoneses hechos de arroz glutinoso, de textura sospechosamente gomosa y rellenos de dulces de distintos sabores, sospechos también. Sin tener del todo claro si eran un postre o una trampa, decidimos que íbamos a arriesgarnos y vivir la experiencia. A esta altura del viaje, después del jet lag, el frío, los baños en cuclillas y las negociaciones con chinos, un mochi no nos iba a quebrar. Cuando llegamos al hotel hicimos la parada técnica obligatoria en el Seven Eleven para comprar unas milanesitas de pollo para los nenes. Mientras ellos cenaban, G y V salieron en misión a buscar comida para nosotros. En el mientras tanto yo escribía estas líneas y mi amiga L, que había prometido tomarse una birra conmigo, me abandonó vilmente en el camino y se durmió incluso antes que Muna. Finalmente, después de un rato L se despertó y probamos los famosos mochis que resultaron ser exactamente lo que sospechábamos, una porquería. Dimos por finalizado el día. Mañana emprendemos viaje hacia la tierra de la sonrisa.
11/12/2025
AS2025 - Día 6 - Beijing - 2025-12-12
by G
Nos despertamos a las 8 en nuestro hotel ochentoso que parecía salido de una pantalla del Leisure Suit Larry. Mirar por la ventana esperando ver una bakery con algún roll de canela o una croissant, y en su lugar ver un local donde venden anguilas, cangrejos y un mix de cosas que uno no puede describir, es el primer golpe de realidad.
Con un cielo cubierto, unos -3°C y un pronóstico que indicaba que la temperatura seguiría bajando hasta los -7°C, la perspectiva del día no resultaba muy alentadora.
La técnica de la cebolla es eficiente para viajar ligero, pero tenés que tener en cuenta algo fundamental. Para ir a buscar un simple café, te tenés que poner: la ropa térmica, los dos pantalones, los 2 pares de medias, las zapatillas, la remera, los dos buzos (el micro polar y el otro), las dos camperas, guantes, bufanda y gorro. Cada vez que tenés que salir es un ritual de 15 minutos en el que la pasás mal. No solo por todo el tiempo que te lleva, sino porque en el proceso vas transpirando y recién sentís alivio cuando ponés un pie afuera del hotel. Alivio que se transforma en cagada de frío en 10 segundos.
Nuestro desayuno constó de leches chocolatadas y galletitas del 7-Eleven para los niños. Para los grandes, Jianbing (煎饼)... una especie de omelette estilo crepe callejero. Para completar, fuimos por unos cafés de Luckin Coffee (el Starbucks chino).
En el puesto del crepe nos sirvió la técnica de señalar, sonreír y estar abierto a que te den lo que ellos crean conveniente. Luckin Coffee, en cambio, era una ventanita donde había dos chinas trabajando que lo único que hacían era señalar un código QR (al parecer había que ordenar sí o sí online). Con el aguanieve cayéndonos en la nariz, sintiéndonos el "Hombre de Malvavisco" de los Cazafantasmas por la cantidad de ropa, y con una aplicación china sin posibilidad de traducción, la misión era digna de Ethan Hunt. Y menos mal que todo lo que queríamos eran 4 cafés...
Pero cuando todo parecía decepción, apareció un ángel chino sediento de cafeína que por suerte hablaba inglés y nos pudo hacer el pedido desde su celular. Luego de apretar 25 botones con chirimbolitos y esperar 5 minutos, teníamos nuestros cafés en la mano.
La misión del día era simple: buscar lugares con refugio y tratar de aguantar todo el día sin dormir siesta para ganarle al jet lag.
Después de desayunar en el hotel, para las 11:30 estábamos listos para salir a patear la calle. El desafío de abrigarnos para salir y sacarnos todas las capas de ropa cada vez que entrábamos a un lugar cerrado nos acompañó todo el día. Así que así nos la pasamos la mitad del tiempo... poniéndonos o sacándonos ropa. Y no ponerse el abrigo no era opción, ya que el cielo comenzaría a descargar los primeros copos de nieve de la temporada.
Nuestro transporte del día fue el fabuloso metro, que nos llevó de un lado a otro de la ciudad por pasajes de apenas 2.55 USD con el que podíamos viajar los 8. Una verdadera ganga. La red subterránea, a pesar de ser la más extensa del mundo (con 25 líneas distintas y 800 km de extensión), está bien señalizada y la pudimos usar sin sobresaltos.
Nuestro primer destino fue Sanlitun Taikoo Li, también conocido como el shopping de Sanlitun. En la superficie, locales de Chanel, Loui, Polo y Dior llenaban el lugar con chinos de Shani Shidro. En el under, había locales más terrenales a los que pudimos entrar alternadamente.
Pero el lugar donde pasamos más tiempo fue en Uniqlo. Una marca japonesa que arrancó fabricando unas camperas livianas que se vendían por dos mangos y ahora se transformó en un imperio de ropa de la gama de North Face. Los carteles rojos del lugar debieron activar en L algún sensor de compras desaforadas e innecesarias. Algo similar a cuando "El Macho" usa el suero PX-41 para convertir a los Minions en criaturas malvadas, indestructibles y destructivas. Eso mismo que les relaté alguna vez en el pasado en H&M, solo que en este caso no eran cartelitos de liquidación...
Esta vez L no estuvo sola, sino que arrastró a N en este raid de compras de ropa de abrigo que nos va a ser de gran utilidad para nuestro paseo por las playas de Tailandia... o para cuando volvamos a casa. Con pantalón para -40 grados, entre otras cosas, seguimos camino.
Luego de alimentar a los niños en Burger King, el próximo destino fue el Silk Market. Un lugar libre de gente, cosa que para China es mucho. Y no había nadie porque el lugar era exclusivo para gente lo suficientemente excéntrica, loca y adinerada como para pagar un vestido de seda, que parece sacado de una obra de teatro, por la módica suma de 79.000 yuanes (11.200 USD).
Para eso de las 18 hs, el metro nos llevó de vuelta a la peatonal Wangfujing. Con la nieve ya sobre nosotros, la atravesamos de punta a punta intentando hacer todo lo posible para que las más peques no se quedaran dormidas.
Luego de una cena en lo de Dong Dang, caímos rendidos en el hotel. La misión del día fue lograda! Llegamos a las 22 hs sin dormir siesta.
10/12/2025
AS2025 - Día 5 - Beijing (La Gran Muralla) - 2025-12-11
by N
La mañana empezó más ajetreada de lo normal. Los chicos desayunaron un verdadero desayuno de campeones con chocolatada y Oreos compradas en el Seven Eleven la noche anterior. De ahí nos fuimos al lobby para pedir nuestros Didis rumbo a una de las entradas de la Gran Muralla, Mutianyu.
Lo que debería haber sido simplemente apretar un botón y subir al auto terminó siendo otro episodio del desafío “comunicación con chinos”. Imagínense negociar con un conductor que primero cancela el viaje en la app, después insiste en llevarte igual y encima quiere arreglar un precio ida y vuelta ahí mismo. A L y G les salió bastante bien, cerraron con el primer Didi por 400 yuanes. A nosotros nos costó tres Didis, varios insultos intermedios y la ayuda del conserje del hotel, que terminó siendo nuestro traductor oficial. Finalmente cerramos por 500 yuanes, que dentro de todo estaba mal pero no tan mal considerando que en un momento nos habían pedido 750.
El viaje fue en silencio, mientras nuestro conductor nos mostraba videos de la muralla en YouTube. Pensamos que era un gesto amable, pero no, lo que quería era vendernos las entradas en un puestito de dudosa procedencia donde nos dejó “de casualidad” y que supuestamente era más barato. Lo barato tienta, sí, pero cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía, así que le pedimos que nos llevara a la boletería oficial, que estaba justo enfrente.
El chofer incluso nos acompañó hasta la entrada, pegado como sombra. Por un momento creímos que iba a subir con nosotros, pero después del primer molinete desapareció. Con -3 grados cualquiera se rajaría a un lugar con calefacción.

El tramo de Mutianyu es uno de los mejor conservados de toda la Gran Muralla, restaurado en los años 80 y con muchas torres de vigilancia muy cerca unas de otras. Es un sector histórico que se usó para defender el valle de Huairou y fue clave en la protección de la capital. La Gran Muralla completa supera los 21.000 km pero no se ve desde la luna como dice el mito.
A mitad de camino hicimos una parada y nos dimos cuenta de que habíamos llevado pocas provisiones. Las fieras hambrientas terminaron comiéndose hasta unas castañas que el día anterior nadie había querido. Seguimos un rato más, pero el hambre y el cansancio empezaron a pegar fuerte, así que emprendimos la bajada repitiendo el recorrido pero al revés.

Cuando llegamos a la base, cada familia encontró a su Didi y volvimos al hotel para desensillar y salir en busca de comida. A esa altura no solo los chicos eran fieras, nosotros también. Siendo las dos y media de la tarde nos merecíamos comer algo, pero como siempre, uno propone y los niños disponen. M e I se durmieron como si no hubiese un mañana y no hubo forma de despertarlas, dejándonos a V y a mí al borde de la inanición. G, L, C y B sí lograron salir a comer y de paso comprar un par de chinadas.
A eso de las cinco intenté despertar a las fieras mientras el otro grupo familiar dormía la siesta. I y M finalmente se levantaron, pero estaban tan aletargadas que ni una ducha logró revivirlas. Todo fue caos entre el sueño, el cansancio y el dolor de pies, así que terminamos comprando algo en el 7-Eleven y volviendo a casa a seguir durmiendo.

Cerca de las diez y media de la noche nos despertamos todos y decidimos intentar remediar nuestro jet lag. A las once y media salimos nuevamente en busca de algún lugar abierto para comer, pero el frío parece que manda a dormir a todo Pekín porque ni un McDonald’s conseguimos abierto. Una vez más, el 7-Eleven nos salvó con unos pinchos que no sé si estaban buenos, pero con el hambre acumulado para mí se merecían una estrella Michelin.
A las dos de la mañana nos fuimos a dormir con la esperanza de poder acomodar un poco el reloj interno. Mañana veremos si lo logramos.
09/12/2025
AS2025 - Día 4 - Beijing - 2025-12-10
by G
Es de esperar que en un viaje uno se despierte desconcertado y sin saber dónde está. Lo que no es de esperar es que, a las 2 de la mañana, sientas que están queriendo entrar a tu habitación en el hotel. Alguien del otro lado intentando forzar la puerta suele ser algo raro. Escuchás a L decir "basta, C", pero C está durmiendo al lado tuyo. Todo se vuelve más raro cuando te das cuenta de que el que estaba en el pasillo queriendo entrar era B. Según su versión, había intentado ir al baño en la mitad de la noche y se confundió de puerta. Puerta que, claramente, después no pudo volver a abrir desde afuera.
No dormimos mucho más que eso y para las 5:30 ya la mitad estábamos arriba. Para las 6:30 no quedaba nadie durmiendo. El jet lag no perdona.
Bajar a desayunar y sentir el olor a sopa de algún bicho es sentir que ya pusiste tu pie en China. Una ciudad amplia, con brutos edificios. Una ciudad silenciosa, un poco porque la gente no va hablando a los gritos, y otro poco porque los autos y las motos son todos eléctricos. Una calma que solo se interrumpe por el sonido de la música de las personas haciendo Tai Chi en la vereda o el eventual y gutural aclarado de garganta previo al escupitajo.
Con poca humedad, poco viento y unos -3°C, para eso de las 8:30 estábamos saliendo a la calle. Caminamos por Wangfujing Street, una peatonal súper amplia llena de negocios donde se contrasta el consumismo con la modernidad.

Caminamos por Chang'an, una avenida inmensa como nuestra 9 de Julio, solo que con indicaciones con palitos, garabatos y parlantes haciéndote advertencias en chino. Idioma que, dicho sea de paso, te da la impresión de que te están cagando a pedos todo el tiempo.

Después de 5 cacheos y mostrar el pasaporte 3 veces, logramos entrar finalmente a la Ciudad Prohibida. Lo primero que nos llamó la atención fue la cantidad de jóvenes vestidos como emperatrices, concubinas o guerreros. Cuando todos pensábamos que habíamos caído en un casting de Mulan, resultó ser que se trataba de una moda tradicionalista llamada Hanfu.
El lugar estaba repleto de turistas locales y con casi nada de occidentales, por lo que no paramos de llamar la atención. Más que nada los niños; parece que sus ojos redondos les hacen recordar al anime que suelen mirar. En lo personal, me sentí más observado que la vez que fui a bailar a América. Por suerte, esta vez solo me tocaron la cola una vez, y fue un policía en uno de los cacheos.
La Ciudad Prohibida es el complejo de palacios imperiales más grande y mejor conservado de China. Un gigantesco laberinto de muros rojos y tejados amarillos que funcionó como el centro político y ceremonial por casi 500 años, al que solo podían ingresar el Emperador y sus sirvientes. Y claramente sirvientes no les faltaban, ¡ya que el complejo cuenta con 980 edificios!
A la salida, paramos a comer unos dumplings coloridos para los peques y un ramen para los grandes. Con las últimas energías fuimos al Parque Jingshan y subimos hasta lo más alto. Lugar donde se tiene una vista fabulosa de la Ciudad Prohibida. Una foto increíble que solo podés obtener si te animás a pisarle la cabeza a al menos 14 chinos.
Arrastrándonos y ya sin energía bajamos la colina, comimos unos Tanghulu (esas frutas ensartadas en brochetas bañadas en caramelo) y, con casi 16 km caminados, para eso de las 17 hs estábamos en el hotel. La idea era descansar los pies, pero nos terminamos durmiendo 3 horas. Otra vez el jet lag acomodándonos el cerebro.
A eso de las 20 hs el primer adulto despegó un ojo y, para cuando terminamos de despertar a las mini momias, ya la mayoría de los lugares estaban cerrados.
Sin muchas opciones, terminamos en uno de los pocos restaurantes abiertos. Esquivando platos como cordyceps, pato laqueado y patas de gallo, pedimos lo que creímos contenía pollo, cerdo y algunos fideos. No ver perros, ratas ni gatos deambulando en esta ciudad lo hace a uno pensar mucho al momento de comer... pero abstraerse y no pensar suele ser una estrategia de supervivencia válida.


















