04/01/2026

 Recorrido viaje China y Tailandia... precios y demases...

Aca va el recorrido que hicimos
:Bsas->GRU-> Beijing-> Bangkok---vuelta por Tailandia ---Phuket->Bejing->GRU->BsAs




Esto fue lo que gastamos en los 30 días que estuvimos dando vueltas.

Todos los valores están en USD por persona (tomando como base 2 adultos y 2 niños)

Aéreos-> 1.170: Incluye canje AA AEP<->GRU por 140 + Vuelo AirChina (GRU-> Beijing->Bangkok + Phuket->Beijing->GRU) por 960 + Vuelo Bangkok Airways (Bangkok->Koh Samui) por 70.

Movilidad interna -> 185 : Incluye ferrys, speedboats, Uber/Didi/Grab, Bus, tren, metro, etc.

Alojamiento -> 530 por persona por 27 noches de hotel (Si! 20usd por noche)

Comida -> 300: Incluye super por 83 + 217 de comida afuera. (Si! 10usd por dia para comer!)

Entradas varias ->308: Incluye excursiones, entradas y el buceo de los adultos (30 usd por buceo)

Compras chucherías (ropa, regalos, etc)-> 140 (el promedio de cada uno... algunos compraron mas y otros menos)

TOTAL x PERSONA: 2633 usd (todo incluido)

Espero les sirva la info!

02/01/2026

AS2025 - Día 28 - Beijing - 2026-01-03

by N

Arrancamos el día un poco más tarde de lo planeado, pero con buena justificación: llegamos a Pekín a la 1 de la mañana y, entre aterrizar, acomodarnos y procesar los 34 grados de diferencia térmica, nos terminamos acostando cerca de las 2:30.
Como no podía ser de otra manera, la primera parada oficial fue en Miniso. Sí, otra vez. ¿Y qué? Igual, cada vez que entrás tiene cosas nuevas que mágicamente necesitás para seguir viviendo.
El día estaba increíble: a puro sol, cielo despejado y mucho menos frío de lo que esperábamos. Así que improvisamos plan y fuimos al Lago Houhai, donde en teoría había una pista de hielo natural. Sabíamos que con ese clima el lago congelado era más deseo que realidad, pero igual fue un planazo.
Houhai es una zona hermosa para caminar, rodeada de Hutongs (los barrios tradicionales de Pekín), con callecitas angostas, casas bajas, puertas decoradas y bares en los que podés sentarte a tomar algo acompañado por un gato.
Todo alrededor del lago es muy cool, con puestos de comida, gente paseando y tomándose fotos. Básicamente, son los Bosques de Palermo versión china, pero sin runners.

  
 
 

Obviamente, había que comer. Probamos pinchos de cordero, dumplings y la estrella del día: algo que mi amigo Gemini me tradujo como "los clavos de puerta" (Méndīng ròubǐng). Para explicarlo en criollo: son como unas empanadas de masa de trigo, rellenas de carne y cebolla de verdeo, fritas y con mucho jugo. Se llaman así porque su forma redonda recuerda a los tachones dorados de las puertas de los palacios imperiales.
Después de caminar un rato, encaramos rumbo a Joy City, un shopping famoso por tener la escalera mecánica más larga del mundo (o al menos eso dicen). La escalera es larguísima, sí, pero no sé si la más larga... dato inchequeable.
El shopping fue medio un fiasco. Poco para ver y la gran atracción terminó siendo una tienda de Lego. Esta vez, nuestro "agente de viajes" (la IA) la pifió fuerte.

 

Dimos vueltas un rato y decidimos vivir la experiencia local de pedir un café en Luckin Coffee, como cualquier chino promedio. El pequeño problema es que el pedido se hace solo por WeChat, con una mini app 100% en chino, idioma que ya imaginarán que no dominamos.
Tardamos una hora entera en entender cómo hacer el pedido: escanear, volver atrás, tocar botones al azar, convencernos de que ya estaba, dudar otra vez y repetir. Cuando finalmente lo logramos, nos sentamos orgullosos… pero un rato bastante largo después descubrimos que el café estaba listo hacía tiempo, así que el resultado fue bebernos el triunfo frío.
Cerca de las 5 de la tarde el sol empezó a bajar y arrancamos la vuelta, pero oh casualidad, a una cuadra apareció otro Miniso. Parada obligatoria. Y sí, había cosas nuevas. Y sí, otra vez QR, Alipay y adentro.
La última misión de compras era pasar por una tienda de souvenirs para ver si I se compraba un vestido chino tradicional (Qipao) para su outfit, usando la plata que viene juntando del Ratón Pérez. Pero cuando la plata sale del bolsillo propio, el análisis financiero de una niña se vuelve minucioso y no hubo compra (aunque sí alguna baratija más, porque eso nunca falta).

 
  

La misión final del día era comer Pato Pekinés.
Primero quisimos probar un nuevo lugar para salir de lo habitual, pero era una "turisteada" total y salía 100 yuanes más caro que donde veníamos comiendo siempre. Así que volvimos a lo seguro (o eso creíamos).
El pato llegó: rico, pero para mí tenía tamaño paloma, así que tuvimos que pedir dos. Lo sirven desarmado, con unas tortillas finitas tipo taco, salsas y verduras para armarte el rollito. A los adultos nos gustó, pero no fue un "platazo". B e I comieron también; las más chicas fueron a lo seguro con dumplings.
La verdad que, por 168 yuanes, un "pato-paloma" podría haber sido mejor.
Eso sí, creemos que por comer el pato más barato de Pekín, los 8 nos llevamos un resfrío de recuerdo, porque inexplicablemente hacía más frío adentro del local que afuera. El final fue una cena a las apuradas, tiritando y con las camperas puestas.


Mi conclusión de Pekín: me deja un sabor muy lindo. Es un contraste radical con Bangkok.
Pekín es silenciosa, ordenada, sin contaminación visual.
Bangkok es ruido, manojos de cables colgando y caos permanente.

AS2025 - Día 27 - Phuket/Beijing - 2026-01-02

by G

Hoy dejamos Phuket, abandonamos el calor, nos despedimos de las playas y le decimos adiós a los "pac-man parlantes" (esa grafía tailandesa imposible de descifrar) para iniciar el largo camino a casa.
Un vuelo que salía a las 18:25 hs y la imposibilidad de hacer un late checkout nos puso frente a una situación incómoda que, al momento de armar el viaje, no consideramos: el famoso gap en la planificación. Qué hacés con 4 niños y las mochilas durante 6 horas sin hotel?
La idea de un parque acuático a metros del aeropuerto se nos presentó como una oportunidad salvadora. Y ahí fuimos!

Para las 10 ya estábamos en viaje. El Bolt nuevamente nos envió una de esas Vans para 10 pasajeros que no dejan de sorprendernos. Asientos de cuero, techo espejado y terminaciones en dorado... Es, básicamente, como viajar en un albergue transitorio de zona oeste, pero con ruedas. Estoy seguro de que alguno de los tantos botones del tablero debe activar el "modo fiesta", iniciar la música romántica y el juego de luces de neón. Algo que, siendo tan temprano por la mañana (y con los niños a bordo), no me animé a averiguar.
Y eso me lleva a una reflexión... ¿Qué tienen estos tipos con el dorado?
Lo usan en todos lados. Desde lo más sagrado —como templos, imágenes de Budas y las casitas de los espíritus— hasta en cosas tan mundanas como los carteles de las calles o las molduras de nuestra van.
Aprendí que, para el Thai promedio, el dorado no es solo estética: es pureza espiritual, es lealtad a su Rey y es seguridad financiera colgada al cuello. Y aunque a nuestros ojos occidentales ese color amarillento parezca "trucho" o de fantasía, es en realidad un oro más puro que el nuestro (24 quilates). Un dorado que, bajo el sol tropical, te encandila más que el propio astro rey.

El parque de agua (Splash Jungle) fue todo un éxito. Grandes y chicos bajo la adrenalina de los toboganes, subiendo escaleras con gomones en mano para tirarse por tubos serpenteantes. Por momentos gritando, por otros relajando en el lazy river donde la corriente te arrastra lentamente sin que tengas que pensar.
Fue la dosis justa de cloro y diversión para darle un gran cierre a Tailandia.

 
 

Para eso de las 15 ya estábamos camino al aeropuerto. Operativo cambio de vestuario: afuera las mallas y ojotas, adentro zapatillas y pantalones largos.
El Lounge de Phuket nos dio de comer (todavía me parece increíble que nos sigan dejando entrar con los 4 pibes) y, tras 5 horas de vuelo, Air China nos depositó en la realidad.
Bienvenidos al futuro (y al frío).
Pekín nos recibió a las casi 2 de la mañana con sus -9 grados (-11 de térmica) y su aire seco que te cachetea la cara.

  

 

El Didi (el Uber chino), por la módica suma de 10 dolaracos, nos llevó en un Arcfox deportivo impecable de regreso a nuestro hotel.
China pasó de copiar modelos viejos a liderar la tecnología eléctrica mundial en menos de 10 años, y se nota en cada semáforo. Ya hablamos del parque automotor, pero es algo que no deja de sorprenderme: es como aterrizar en una película de ciencia ficción.
Volvimos al hotel donde todo comenzó y donde todo está terminando.
Recogimos nuestra ropa de abrigo que estuvo encerrada en una valija por 18 días y nos fuimos a descansar.
Mañana salimos a patear Pekín por última vez.

01/01/2026

AS2025 - Día 26 - Phuket - 2026-01-01

by N

El día arrancó medio triki. C se despertó sintiéndose bastante mal, con fiebre incluida, así que la mañana empezó a base de ibuprofeno y mimos. Por suerte repuntó un poco, lo suficiente como para seguir adelante con el plan.
Como veníamos acumulando una abstinencia de pan, el desayuno fue un verdadero homenaje a las tostadas con manteca. Muchas, demasiadas quizás, pero nada que no se resuelva con unos burpees a la vuelta. Todo era necesario para compensar semanas de arroz en todas sus versiones posibles.
Con algo más de energía, salimos rumbo a Kata Noi. A mi gusto, fue la mejor playa de todo Phuket.
Alquilamos un par de sombrillas con cuatro reposeras por módicos 400 THB, una decisión brillante ya que C pudo hibernar cómodamente. Si bien el ibuprofeno ayudó, claramente no estaba para aventuras acuáticas y prefirió mirar el mar desde la horizontal.

Quienes sí decidieron despedirse del océano como corresponde fueron I y M, que directamente se mudaron al agua. Entraban, salían, volvían a entrar, flotaban, nadaban, chapoteaban… todo el día. Con el calor que hacía, la verdad es que no había otra opción posible que estar en el agua o fingir la muerte bajo la sombrilla.

 

Y acá es donde se nota claramente la diferencia entre Kata y Patong, dos mundos que conviven en la misma isla pero no podrían ser más opuestos.
Kata es esa playa que te hace creer que sos una buena versión de ser humano. El mar es más claro, la gente habla bajito, nadie te grita queriéndote vender viajes en parapente. Es el tipo de lugar donde te dan ganas de tirarte a hacer, literalmente, nada.
Patong, en cambio, es como una fiesta a la que nunca quisiste ir pero terminaste entrando igual. Todo es ruido, luces, vendedores insistentes, música que compite entre sí y una energía rara donde todos los pecados capitales están a la vista.
En Kata, el gran dilema es si te metés al agua ahora o en cinco minutos. En Patong, si parpadeás, te venden una excursión, una cerveza, marihuana, armas o un masaje que puede terminar (o no) de manera feliz (guiño, guiño).
Kata es sonido de mar. Patong es carnaval, shopping y bizarreada… a las tres de la tarde.
Volviendo al día, el universo decidió agregar un poco más de condimento cuando B empezó a sentir un ardor infernal en la piel y apareció un sarpullido traicionero en la entrepierna (una mezcla entre la famosa "paspadura del viajero" y una reacción alérgica inoportuna), así que su relación con el mar quedó oficialmente terminada. Phuket cobra peajes raros.
Entre chapuzones y varias siestas muy bien aprovechadas por los adultos, emprendimos la vuelta para nuestra última noche en la casa de Patong. Ahí cayó la ficha: el viaje se está terminando posta.
Solo quedaba resolver el misterio del día de mañana, porque el vuelo sale a las 18:30 pero el check out es a las 11; ese "limbo viajero" tan incómodo.
Después de algunas consultas con nuestro agente de viajes estrella (la IA amiga), apareció una opción brillante: pasar el día en el Splash Jungle Water Park, un parque acuático estratégicamente ubicado al lado del aeropuerto. Plan improvisado, práctico y con toboganes. Aprobado por una unidad y sin debate.
Cerramos el día jugando un jueguito de mesa, entre risas, cansancio y esa mezcla rara de felicidad y nostalgia que aparece cuando un viaje se termina. A la cama, sabiendo que mañana tocaba despedirse de Tailandia.

Conclusión Phuket: playas increíbles, calor intenso, contrastes constantes. De un lado, paraísos como Kata Noi; del otro, Patong con su caos, luces, ruido y una vibra medio bizarra que no terminó de convencernos. Phuket fue lindo, intenso, a ratos agotador, pero sin dudas un gran cierre para este viaje inolvidable.
Mañana nos vamos al frío extremo de Pekín, pero nos llevamos arena en las mochilas, anécdotas de sobra y la sensación de haber exprimido hasta el último día este destino tropical.

31/12/2025

AS2025 - Día 25 - Phuket - 2025-12-31

by G

Parece que L desistió de las escrituras, por lo que los relatos continuarán por parte mía y de mi coescritora N.
A las 8 arrancó el día en nuestra casa de 3 pisos en Patong Hill. Los niños, que habían dormido todos juntos, despertaron al grito del ya conocido "tengo hambre". Esta vez los esperamos preparados, ya que estábamos provistos de leche de vaca (acá no está de más aclarar), mermelada, una margarina dulce que te produce la sensación en el paladar de unos ñoquis pasados de hervor, y 40 rodajas de pan lactal que fuimos tostando en un hornito eléctrico.
Acostumbradas a los desayunos improvisados con alimentos poco convencionales, al encontrarse con este banquete, las criaturas arrasaron con todo.
Luego, la rutina del protector, poner las mallas y preparar las mochilas donde olvidarte de algo es comprarte un problema... Que la toalla, las zapatillas de agua, la ropa para después, las antiparras, el ibuprofeno, curitas por si uno se lástima, el agua y la maldita colita para el pelo por si la otra se pierde... Y eso que no llevamos los tractorcitos para la arena ni las máscaras de snorkel.
Pensar que antes llevábamos un agua, 6 birras y, a lo sumo, un pareo para tirar en la arena. Nuestra vida antes y después de los niños no puede estar mejor explicada que en este reel.

Nuestro destino de hoy: Kamala Beach.
Después de la sobredosis sensorial de Patong (donde todavía estamos tratando de explicarle a los chicos por qué había señoras bailando en las mesas), Kamala Beach apareció como un oasis de cordura. Es la playa a la que venís cuando ya te cansaste de ser joven y aceptás que tu máxima aspiración es que los nenes coman un huevo duro sin tirarse arena en los ojos.
El taxi nos dejó en la puerta de un Big C.
Un gran supermercado. Al parecer encontramos el lugar donde se puede comprar alimento de verdad: mucha carne importada de Australia, vinos, frutas. Cosas que en casa no llaman la atención, pero que en este lado del mundo los minimercados 7-Eleven turísticos no te van a ofrecer. Lástima haberlo encontrado sobre el ocaso de nuestro viaje.


Luego caminamos hasta la playa, donde nos encontramos con la ya clásica sobrepoblación de sombrillas y muchos rusos. Solo que esta vez no teníamos la música al palo de fondo y las zungas fluor con cierre. Eso sí, el sonido de las motitos de agua, la banana y el parasailing no faltan acá tampoco.
Al mediodía improvisamos unos sándwiches que contenía una especie de "jamón" que tenía más pinta de mortadela, un queso algo pastoso y una  mayonesa dulce. Todo acompañado de unas Changs. No nos privamos de nada.
El día nos lo pasamos en la playa, con unas palmeras que solo sirvieron para dar la ilusión de sombra y un sol radiante que nos fue cocinando de a poco. Nosotros alternamos cerveza con chapuzones y los más chicos estuvieron todo el día en el agua.

 

 

Llegando la tarde se nos planteó la gran disyuntiva: qué hacer a la noche?
En una vida anterior, sin niños, nos hubiéramos quedado en esta playa escuchando música, viendo los fuegos artificiales y la suelta de los Kom Loi (las linternas flotantes de papel). En esa vida no nos hubiese importado que después la vuelta fuera un embudo de 5.000 personas y que eso nos significara volver a cualquier hora o caminar durante 2 horas.
En esta realidad, con los nenes, nos pareció mucho. Así que nuestro plan cambió. Nos despedimos del mar al atardecer con el objetivo de hacernos de provisiones que incluyan alcohol, chocolate y helados, e ir para la casa.

 

Nuestro nuevo amigo, el Big C, nos proveyó. Pero a la salida, a eso de las 19:30 hs, tuvimos una muestra gratis de lo que pudo haber sido.
Para ese momento ya ningún taxi nos quería llevar. Y por el trayecto que a la mañana habíamos pagado 400 THB por los 8, ahora nos estaban pidiendo un piso de 2.500 THB.
Probamos la parada de taxi y nos pidieron 1.000 para 4. Paramos un tuk-tuk XL, nos pidió 700, pero luego, después de que le mostráramos el mapa y abriera los ojos como dos huevos fritos, se arrepintió y se fue.
A todo esto sufrimos varias cancelaciones de BOLT y el helado comenzó a derretirse.
Y ahí es donde se puso seria la cosa. Porque una cosa es pasar fin de año lejos de la playa, pero otra muy distinta es pasarla sin helado. Ya era demasiado.
Por suerte, cuando todo comenzó a ponerse oscuro, conseguimos un auto que llevó a las chicas, a los niños y a las provisiones por 500 THB.
Con V quedamos varados, pero el helado estaba asegurado. Caminar no era opción, ya que el mapa nos indicaba 2:35 hs de caminata y nuestra idea era llegar antes de las 12.
Probamos moto, hacer dedo. Nada.
Justo cuando estábamos pensando abandonar a la familia e irnos a la playa, un BOLT nos aceptó el viaje por 308 THB. El conductor se nos reía de la situación y, sin que le dijéramos nada, nos repetía frases como "No pick up today", "Today big holiday", "Today pay more".
Por suerte, nuestro conductor alegre, enviado por algún ángel cannábico, atravesó el caos del tránsito de Patong y nos trajo escuchando "I Believe I Can Fly" sintonizada en la ASPEN local.
Y así fue como terminamos pasando Fin de Año en nuestra casa en el Top Hill de Patong. Sin vittel toné ni turrones, pero acompañados de muchas Singhas, chocolate y helado medio derretido, despedimos el 2025 y abrazamos la llegada del 2026.
Para las 12 vimos con cierta nostalgia cómo a lo lejos, en la playa, se veía un flor de quilombo, fuegos artificiales y suelta de globos.

  

No muy tarde nos fuimos a dormir, que mañana nos espera nuestro último día de playa de esta aventura.
Les mandamos un beso y les deseamos felices viajes a todos!

30/12/2025

AS2025 - Día 24 - Phuket - 2025-12-30

by N

Un nuevo día arranca y, milagrosamente, es uno de los pocos que puedo decir que empezó lento. Recién teníamos pedido el taxi para ir al puerto a las 9:15, así que nos despertamos sin apuro y desayunamos tranquilos en nuestro deck, con esa calma gloriosa que solo existe cuando los horarios no te persiguen.
Pero claro, en ese silencio perfecto arrancaron mis pensamientos melancólicos, porque oficialmente empezamos a "dar la vuelta". Hoy dejamos la tranquilidad de las islas para volver al continente. Phuket será nuestra última ciudad de Tailandia y después vendrá el cachetazo térmico del frío de Pekín y, más tarde, la vuelta a Argentina.

 

A mí, unos días antes del regreso, siempre me agarra la clásica "depresión post vacaciones"; esa mezcla rara de nostalgia y negación. Mi amigo G dice que la única cura posible es empezar a planificar otro viaje, incluso mientras todavía estás desarmando la mochila del anterior.
Para las 10 de la mañana ya estábamos dejando la isla. Apenas 30 minutos nos separaban de Phuket y 2400 THB; carísimo si pensás en lo corta que es la distancia.
A las 10:30 llegamos al puerto de Phuket y automáticamente se activó el modo “Taxi Taxi”. Ahí no había chance, bien estilo monopolio "Moyano": un solo precio y cero regateo.
Pedimos un Bolt para ocho y la app marcaba 663 THB, así que ni lo dudamos… salvo por el pequeño detalle de que lo único que conseguíamos eran cancelaciones en cadena.
Yo ya estaba aburrida, transpirada, derretida y a punto de rendirme y pagarle los 1200 al de la chivita (alias, el Moyano Tailandés) con tal de subirme a algo con aire acondicionado. Pero el resto del grupo mantuvo el orgullo intacto y se negó a convalidar la estafa. Así que decidimos huir del puerto caminando, vaya a saber hacia dónde, con un solo objetivo: alejarnos de la mafia y ver si algún Bolt piadoso nos levantaba.
Después de unos diez minutos caminando al rayo del sol llegamos a lo que parecía una avenida y, finalmente, nos aceptaron el viaje. Los que vienen leyendo ya saben que con estas apps nada es fácil porque te aceptan, te cancelan, te piden más o directamente desaparecen. Pero esta vez tuvimos suerte. Cuarenta minutos después, arriba de nuestra minivan, pagamos exactamente lo que decía la app: 663 THB (unos 22 dólares), contra los 40 dólares que nos quería cobrar el Moyano versión Thai. La diferencia en dinero no era lo importante, lo importante es no dejarse estafar. Punto para nosotros (o para los demás, porque yo me hubiera dejado estafar sin culpa).

 

Llegamos a la casa y ahí entendimos que quizá no habíamos tomado la mejor decisión. La casa es muy linda, pero la ubicación dista bastante de ser funcional. Está a una cuadra de una ruta sin vereda, sin semáforo y sin nada que indique que un peatón podría sobrevivir ahí. Todo lo que quisiéramos hacer iba a depender de un taxi, incluso ir al supermercado. El más cercano está a veinte minutos caminando, recorrido que, en la práctica, es imposible sin que te pise un auto.
Como la casa todavía estaba siendo limpiada y no teníamos absolutamente nada para comer, decidimos ir a Patong Beach y a Bangla Road, esa calle que ChatGPT te repite una y otra vez que no deberías pisar, y menos con chicos. Pero ya sabemos cómo funciona esto: cuanto más te dicen que no, más querés ir.
Comimos unas pizzas excelentes en una pizzería llamada Hut (que no es Pizza Hut, pero tranquilamente podría haberlo sido) y después nos metimos de lleno en Bangla Road.
Básicamente todo se resume en una sola foto: un carrito de comida que vende algo frito imposible de identificar, un Burger King estratégicamente plantado, un local de cannabis que aparece cada cinco metros como si fuera una franquicia estatal y, por supuesto, un club de striptease que en tres segundos deja clarísimo que esta no es una calle familiar.

 


Todo junto, todo al mismo tiempo, como si alguien hubiera dicho: “pongamos todos los vicios en este metro cuadrado y veamos qué pasa”.
Después de eso fuimos a la playa de Patong, que es una versión más tropical y completamente desregulada de La Bristol.




 

Playa hay, mar también, pero todo envuelto en un clima permanente de “¿esto es posta?”. Cada metro caminando parecía competir por ser más bizarro que el anterior. Vendedores ofreciéndote vuelos en parapente (mientras los que supuestamente te llevaban fumaban porro con una tranquilidad admirable y se les cruzaban los cables de los parapentes en el aire como si fuera lo más normal del mundo), música electrónica por todos lados y, como protagonista absoluto, el slip ajustado, usado con una seguridad envidiable.
Cada paso era una postal distinta, pero todas gritaban lo mismo: “esto no es para vos”. En Patong todo está a la vista, todo es exagerado, todo es un poco incómodo… y cuando creés que ya lo viste todo, aparece alguien más en un slip mínimo para confirmarte que nunca lo viste todo.
Estoy segura de que a los veinte años me la hubiera dado en la pera ahí sin cuestionarlo, pero hoy, en "modo familia", Phuket no es un lugar que volvería a elegir para venir a la playa. Igual, nos metimos al agua porque corresponde, y más allá de la bizarreada general, intentamos disfrutar.

 

Cuando empezó a caer el sol, volvimos caminando por Bangla en busca de salir del caos, encontrar un súper, abastecernos de víveres y regresar a la tranquilidad del hogar.
Cenamos un rico arroz con atún y nos fuimos a dormir.