01/01/2026

AS2025 - Día 26 - Phuket - 2026-01-01

by N

El día arrancó medio triki. C se despertó sintiéndose bastante mal, con fiebre incluida, así que la mañana empezó a base de ibuprofeno y mimos. Por suerte repuntó un poco, lo suficiente como para seguir adelante con el plan.
Como veníamos acumulando una abstinencia de pan, el desayuno fue un verdadero homenaje a las tostadas con manteca. Muchas, demasiadas quizás, pero nada que no se resuelva con unos burpees a la vuelta. Todo era necesario para compensar semanas de arroz en todas sus versiones posibles.
Con algo más de energía, salimos rumbo a Kata Noi. A mi gusto, fue la mejor playa de todo Phuket.
Alquilamos un par de sombrillas con cuatro reposeras por módicos 400 THB, una decisión brillante ya que C pudo hibernar cómodamente. Si bien el ibuprofeno ayudó, claramente no estaba para aventuras acuáticas y prefirió mirar el mar desde la horizontal.

Quienes sí decidieron despedirse del océano como corresponde fueron I y M, que directamente se mudaron al agua. Entraban, salían, volvían a entrar, flotaban, nadaban, chapoteaban… todo el día. Con el calor que hacía, la verdad es que no había otra opción posible que estar en el agua o fingir la muerte bajo la sombrilla.

 

Y acá es donde se nota claramente la diferencia entre Kata y Patong, dos mundos que conviven en la misma isla pero no podrían ser más opuestos.
Kata es esa playa que te hace creer que sos una buena versión de ser humano. El mar es más claro, la gente habla bajito, nadie te grita queriéndote vender viajes en parapente. Es el tipo de lugar donde te dan ganas de tirarte a hacer, literalmente, nada.
Patong, en cambio, es como una fiesta a la que nunca quisiste ir pero terminaste entrando igual. Todo es ruido, luces, vendedores insistentes, música que compite entre sí y una energía rara donde todos los pecados capitales están a la vista.
En Kata, el gran dilema es si te metés al agua ahora o en cinco minutos. En Patong, si parpadeás, te venden una excursión, una cerveza, marihuana, armas o un masaje que puede terminar (o no) de manera feliz (guiño, guiño).
Kata es sonido de mar. Patong es carnaval, shopping y bizarreada… a las tres de la tarde.
Volviendo al día, el universo decidió agregar un poco más de condimento cuando B empezó a sentir un ardor infernal en la piel y apareció un sarpullido traicionero en la entrepierna (una mezcla entre la famosa "paspadura del viajero" y una reacción alérgica inoportuna), así que su relación con el mar quedó oficialmente terminada. Phuket cobra peajes raros.
Entre chapuzones y varias siestas muy bien aprovechadas por los adultos, emprendimos la vuelta para nuestra última noche en la casa de Patong. Ahí cayó la ficha: el viaje se está terminando posta.
Solo quedaba resolver el misterio del día de mañana, porque el vuelo sale a las 18:30 pero el check out es a las 11; ese "limbo viajero" tan incómodo.
Después de algunas consultas con nuestro agente de viajes estrella (la IA amiga), apareció una opción brillante: pasar el día en el Splash Jungle Water Park, un parque acuático estratégicamente ubicado al lado del aeropuerto. Plan improvisado, práctico y con toboganes. Aprobado por una unidad y sin debate.
Cerramos el día jugando un jueguito de mesa, entre risas, cansancio y esa mezcla rara de felicidad y nostalgia que aparece cuando un viaje se termina. A la cama, sabiendo que mañana tocaba despedirse de Tailandia.

Conclusión Phuket: playas increíbles, calor intenso, contrastes constantes. De un lado, paraísos como Kata Noi; del otro, Patong con su caos, luces, ruido y una vibra medio bizarra que no terminó de convencernos. Phuket fue lindo, intenso, a ratos agotador, pero sin dudas un gran cierre para este viaje inolvidable.
Mañana nos vamos al frío extremo de Pekín, pero nos llevamos arena en las mochilas, anécdotas de sobra y la sensación de haber exprimido hasta el último día este destino tropical.

31/12/2025

AS2025 - Día 25 - Phuket - 2025-12-31

by G

Parece que L desistió de las escrituras, por lo que los relatos continuarán por parte mía y de mi coescritora N.
A las 8 arrancó el día en nuestra casa de 3 pisos en Patong Hill. Los niños, que habían dormido todos juntos, despertaron al grito del ya conocido "tengo hambre". Esta vez los esperamos preparados, ya que estábamos provistos de leche de vaca (acá no está de más aclarar), mermelada, una margarina dulce que te produce la sensación en el paladar de unos ñoquis pasados de hervor, y 40 rodajas de pan lactal que fuimos tostando en un hornito eléctrico.
Acostumbradas a los desayunos improvisados con alimentos poco convencionales, al encontrarse con este banquete, las criaturas arrasaron con todo.
Luego, la rutina del protector, poner las mallas y preparar las mochilas donde olvidarte de algo es comprarte un problema... Que la toalla, las zapatillas de agua, la ropa para después, las antiparras, el ibuprofeno, curitas por si uno se lástima, el agua y la maldita colita para el pelo por si la otra se pierde... Y eso que no llevamos los tractorcitos para la arena ni las máscaras de snorkel.
Pensar que antes llevábamos un agua, 6 birras y, a lo sumo, un pareo para tirar en la arena. Nuestra vida antes y después de los niños no puede estar mejor explicada que en este reel.

Nuestro destino de hoy: Kamala Beach.
Después de la sobredosis sensorial de Patong (donde todavía estamos tratando de explicarle a los chicos por qué había señoras bailando en las mesas), Kamala Beach apareció como un oasis de cordura. Es la playa a la que venís cuando ya te cansaste de ser joven y aceptás que tu máxima aspiración es que los nenes coman un huevo duro sin tirarse arena en los ojos.
El taxi nos dejó en la puerta de un Big C.
Un gran supermercado. Al parecer encontramos el lugar donde se puede comprar alimento de verdad: mucha carne importada de Australia, vinos, frutas. Cosas que en casa no llaman la atención, pero que en este lado del mundo los minimercados 7-Eleven turísticos no te van a ofrecer. Lástima haberlo encontrado sobre el ocaso de nuestro viaje.


Luego caminamos hasta la playa, donde nos encontramos con la ya clásica sobrepoblación de sombrillas y muchos rusos. Solo que esta vez no teníamos la música al palo de fondo y las zungas fluor con cierre. Eso sí, el sonido de las motitos de agua, la banana y el parasailing no faltan acá tampoco.
Al mediodía improvisamos unos sándwiches que contenía una especie de "jamón" que tenía más pinta de mortadela, un queso algo pastoso y una  mayonesa dulce. Todo acompañado de unas Changs. No nos privamos de nada.
El día nos lo pasamos en la playa, con unas palmeras que solo sirvieron para dar la ilusión de sombra y un sol radiante que nos fue cocinando de a poco. Nosotros alternamos cerveza con chapuzones y los más chicos estuvieron todo el día en el agua.

 

 

Llegando la tarde se nos planteó la gran disyuntiva: qué hacer a la noche?
En una vida anterior, sin niños, nos hubiéramos quedado en esta playa escuchando música, viendo los fuegos artificiales y la suelta de los Kom Loi (las linternas flotantes de papel). En esa vida no nos hubiese importado que después la vuelta fuera un embudo de 5.000 personas y que eso nos significara volver a cualquier hora o caminar durante 2 horas.
En esta realidad, con los nenes, nos pareció mucho. Así que nuestro plan cambió. Nos despedimos del mar al atardecer con el objetivo de hacernos de provisiones que incluyan alcohol, chocolate y helados, e ir para la casa.

 

Nuestro nuevo amigo, el Big C, nos proveyó. Pero a la salida, a eso de las 19:30 hs, tuvimos una muestra gratis de lo que pudo haber sido.
Para ese momento ya ningún taxi nos quería llevar. Y por el trayecto que a la mañana habíamos pagado 400 THB por los 8, ahora nos estaban pidiendo un piso de 2.500 THB.
Probamos la parada de taxi y nos pidieron 1.000 para 4. Paramos un tuk-tuk XL, nos pidió 700, pero luego, después de que le mostráramos el mapa y abriera los ojos como dos huevos fritos, se arrepintió y se fue.
A todo esto sufrimos varias cancelaciones de BOLT y el helado comenzó a derretirse.
Y ahí es donde se puso seria la cosa. Porque una cosa es pasar fin de año lejos de la playa, pero otra muy distinta es pasarla sin helado. Ya era demasiado.
Por suerte, cuando todo comenzó a ponerse oscuro, conseguimos un auto que llevó a las chicas, a los niños y a las provisiones por 500 THB.
Con V quedamos varados, pero el helado estaba asegurado. Caminar no era opción, ya que el mapa nos indicaba 2:35 hs de caminata y nuestra idea era llegar antes de las 12.
Probamos moto, hacer dedo. Nada.
Justo cuando estábamos pensando abandonar a la familia e irnos a la playa, un BOLT nos aceptó el viaje por 308 THB. El conductor se nos reía de la situación y, sin que le dijéramos nada, nos repetía frases como "No pick up today", "Today big holiday", "Today pay more".
Por suerte, nuestro conductor alegre, enviado por algún ángel cannábico, atravesó el caos del tránsito de Patong y nos trajo escuchando "I Believe I Can Fly" sintonizada en la ASPEN local.
Y así fue como terminamos pasando Fin de Año en nuestra casa en el Top Hill de Patong. Sin vittel toné ni turrones, pero acompañados de muchas Singhas, chocolate y helado medio derretido, despedimos el 2025 y abrazamos la llegada del 2026.
Para las 12 vimos con cierta nostalgia cómo a lo lejos, en la playa, se veía un flor de quilombo, fuegos artificiales y suelta de globos.

  

No muy tarde nos fuimos a dormir, que mañana nos espera nuestro último día de playa de esta aventura.
Les mandamos un beso y les deseamos felices viajes a todos!

30/12/2025

AS2025 - Día 24 - Phuket - 2025-12-30

by N

Un nuevo día arranca y, milagrosamente, es uno de los pocos que puedo decir que empezó lento. Recién teníamos pedido el taxi para ir al puerto a las 9:15, así que nos despertamos sin apuro y desayunamos tranquilos en nuestro deck, con esa calma gloriosa que solo existe cuando los horarios no te persiguen.
Pero claro, en ese silencio perfecto arrancaron mis pensamientos melancólicos, porque oficialmente empezamos a "dar la vuelta". Hoy dejamos la tranquilidad de las islas para volver al continente. Phuket será nuestra última ciudad de Tailandia y después vendrá el cachetazo térmico del frío de Pekín y, más tarde, la vuelta a Argentina.

 

A mí, unos días antes del regreso, siempre me agarra la clásica "depresión post vacaciones"; esa mezcla rara de nostalgia y negación. Mi amigo G dice que la única cura posible es empezar a planificar otro viaje, incluso mientras todavía estás desarmando la mochila del anterior.
Para las 10 de la mañana ya estábamos dejando la isla. Apenas 30 minutos nos separaban de Phuket y 2400 THB; carísimo si pensás en lo corta que es la distancia.
A las 10:30 llegamos al puerto de Phuket y automáticamente se activó el modo “Taxi Taxi”. Ahí no había chance, bien estilo monopolio "Moyano": un solo precio y cero regateo.
Pedimos un Bolt para ocho y la app marcaba 663 THB, así que ni lo dudamos… salvo por el pequeño detalle de que lo único que conseguíamos eran cancelaciones en cadena.
Yo ya estaba aburrida, transpirada, derretida y a punto de rendirme y pagarle los 1200 al de la chivita (alias, el Moyano Tailandés) con tal de subirme a algo con aire acondicionado. Pero el resto del grupo mantuvo el orgullo intacto y se negó a convalidar la estafa. Así que decidimos huir del puerto caminando, vaya a saber hacia dónde, con un solo objetivo: alejarnos de la mafia y ver si algún Bolt piadoso nos levantaba.
Después de unos diez minutos caminando al rayo del sol llegamos a lo que parecía una avenida y, finalmente, nos aceptaron el viaje. Los que vienen leyendo ya saben que con estas apps nada es fácil porque te aceptan, te cancelan, te piden más o directamente desaparecen. Pero esta vez tuvimos suerte. Cuarenta minutos después, arriba de nuestra minivan, pagamos exactamente lo que decía la app: 663 THB (unos 22 dólares), contra los 40 dólares que nos quería cobrar el Moyano versión Thai. La diferencia en dinero no era lo importante, lo importante es no dejarse estafar. Punto para nosotros (o para los demás, porque yo me hubiera dejado estafar sin culpa).

 

Llegamos a la casa y ahí entendimos que quizá no habíamos tomado la mejor decisión. La casa es muy linda, pero la ubicación dista bastante de ser funcional. Está a una cuadra de una ruta sin vereda, sin semáforo y sin nada que indique que un peatón podría sobrevivir ahí. Todo lo que quisiéramos hacer iba a depender de un taxi, incluso ir al supermercado. El más cercano está a veinte minutos caminando, recorrido que, en la práctica, es imposible sin que te pise un auto.
Como la casa todavía estaba siendo limpiada y no teníamos absolutamente nada para comer, decidimos ir a Patong Beach y a Bangla Road, esa calle que ChatGPT te repite una y otra vez que no deberías pisar, y menos con chicos. Pero ya sabemos cómo funciona esto: cuanto más te dicen que no, más querés ir.
Comimos unas pizzas excelentes en una pizzería llamada Hut (que no es Pizza Hut, pero tranquilamente podría haberlo sido) y después nos metimos de lleno en Bangla Road.
Básicamente todo se resume en una sola foto: un carrito de comida que vende algo frito imposible de identificar, un Burger King estratégicamente plantado, un local de cannabis que aparece cada cinco metros como si fuera una franquicia estatal y, por supuesto, un club de striptease que en tres segundos deja clarísimo que esta no es una calle familiar.

 


Todo junto, todo al mismo tiempo, como si alguien hubiera dicho: “pongamos todos los vicios en este metro cuadrado y veamos qué pasa”.
Después de eso fuimos a la playa de Patong, que es una versión más tropical y completamente desregulada de La Bristol.




 

Playa hay, mar también, pero todo envuelto en un clima permanente de “¿esto es posta?”. Cada metro caminando parecía competir por ser más bizarro que el anterior. Vendedores ofreciéndote vuelos en parapente (mientras los que supuestamente te llevaban fumaban porro con una tranquilidad admirable y se les cruzaban los cables de los parapentes en el aire como si fuera lo más normal del mundo), música electrónica por todos lados y, como protagonista absoluto, el slip ajustado, usado con una seguridad envidiable.
Cada paso era una postal distinta, pero todas gritaban lo mismo: “esto no es para vos”. En Patong todo está a la vista, todo es exagerado, todo es un poco incómodo… y cuando creés que ya lo viste todo, aparece alguien más en un slip mínimo para confirmarte que nunca lo viste todo.
Estoy segura de que a los veinte años me la hubiera dado en la pera ahí sin cuestionarlo, pero hoy, en "modo familia", Phuket no es un lugar que volvería a elegir para venir a la playa. Igual, nos metimos al agua porque corresponde, y más allá de la bizarreada general, intentamos disfrutar.

 

Cuando empezó a caer el sol, volvimos caminando por Bangla en busca de salir del caos, encontrar un súper, abastecernos de víveres y regresar a la tranquilidad del hogar.
Cenamos un rico arroz con atún y nos fuimos a dormir.

29/12/2025

AS2025 - Día 23 - Koh Yao Noi - 2025-12-29

by G

Para las 8:10, después de un desayuno express, estábamos listos para salir a nuestra excursión incierta. L, tras haber hibernado por tan solo 14 horas, amaneció renovada. Al momento de contratar la salida, la única condición era que no fuera en la playa en la que estábamos y que durara lo máximo posible. Así fue como partimos con nuestro guía y el bidón de nafta a tope, en un longtail boat falto de barniz pero con 2 paneles solares en el techo que sospechamos solo sirven para espantar a los mosquitos.

Los 70 minutos de navegación hacia el norte nos llevaron hacia la Bahía de Phang Nga. En nuestro trayecto nos fuimos cruzando con varios tipos de embarcaciones: desde veleros y lanchas privadas hasta catamaranes exclusivos. Nosotros íbamos en nuestro bote que parecía la balsa de Maui (de Moana): flojo de juntas y al que le entraba agua por varios lados. Por suerte, la bomba que escupía agua para afuera parecía funcionar bien, así que decidimos confiar.

Al principio, el día nublado no nos permitió apreciar el color del agua, pero sí los gigantescos Karsts: esas islas de piedra caliza que salen verticales a la superficie con formas estrambóticas. Vimos una un tanto fálica que se nos complicó explicar a los niños; terminamos diciéndoles que era una mano haciendo 🖕 (una especie de saludo).

Nuestra primera parada fue en Koh Hong. Los Hongs son como cuevas que desembocan en lagunas interiores escondidas (eso significa Hong: habitación). Esas lagunas están dentro de las islas, rodeadas de paredes de roca y manglares. Es como entrar al centro de la Tierra. Los tours exclusivos subían a los turistas a unas canoas donde un Thai les hacía el recorrido cual canal de Venecia, mientras les daba quesitos con una copita de espumante. Nosotros, fieles a nuestro estilo, nos tiramos del bote y fuimos nadando. La experiencia valió la pena (y nos ahorramos el espumante tibio).

Luego paramos en una cueva que llamaban Crane Cave. Una cámara grande y oscura, llena de estalactitas y estalagmitas que daban la impresión de ser helado de crema derritiéndose. Helados que se mezclaban con el vuelo rasante de murciélagos de porte pequeño.

 

De la mano de nuestro amigo capitán, que no hablaba una sola palabra de inglés pero que tenía una sonrisa con la que explicaba todo, seguimos navegando. Para eso de las 11, el sol había salido por completo y comenzó a calentar nuestros cuerpitos. La luz nos quitó la esperanza de hacer snorkel. Nos dimos cuenta de que la particularidad del agua no se limitaba a nuestra playa: toda la zona cuenta con aguas poco profundas y un fondo de barro. La combinación da un agua "verde sopa" que no deja ver mucho. Definitivamente, estamos en una zona para mirar para arriba y no debajo del agua.

Navegamos hasta Khao Phing Kan y la mítica James Bond Island, donde hay una roca particular que salió en una película que ninguno de nosotros vio (El hombre de la pistola de oro, de 1974). Esta familia es de la generación Bond de Pierce Brosnan y Daniel Craig. Para nosotros, es una roca más de este gran paisaje. Los Thai se avivaron y la transformaron en un Parque Nacional al que te cobran entrada. Como resultado, el lugar se llena de yates escuchando hip hop y gente comprando llaveros de pistolitas doradas. Nosotros optamos por sacar la foto de lejos y seguimos rumbo.

 

Pueblo Flotante (Koh Panyee). Una locura arquitectónica: un pueblo entero (casas, mezquita, colegio) construido sobre pilotes en el agua, pegado a una roca gigante. ¡Tienen hasta una cancha de fútbol flotante!

Paramos a comer en Maria Sea View. Sin posibilidad de alcohol ni cerdo (seguimos en zona musulmana estricta donde no hay provision ni para los turistas), nos limitamos a pedir unos Shrimp Pad Thai, arroz con pollo y castañas, y langostinos rebozados. Para los chicos, unos spaghetti carbonara (lo único que aceptaron del menú).

  

 

Después paseamos por el mercadito donde te venden ropa, perlas, artesanías de madera, caracoles y todo tipo de souvenirs. L, entre otras cosas, se llevó unas perlas que, después de morderlas y prenderlas fuego cual pirata certificando un botín, se "convenció" de que no eran de plástico. Nos llamó la atención la cantidad de pájaros enjaulados que tienen un copete negro puntiagudo (tipo un peinado punk o mohicano) y unas manchitas rojas en la cara. Se llaman Nok Krong Hua Juk y los usan para competencias de canto. Estos pibes sí que saben divertirse.

De vuelta, paramos en Koh Roi, una isla con una cueva que te da acceso al interior selvático (lleno de murciélagos gigantes, dicho sea de paso). La última parada fue 3 Rocks, dentro de la bahía de Koh Kudu Yai: una laguna con tres rocas alineadas que dan la impresión de ser colmillos de un dragón.

  

 

Y así nos pasamos la tarde, con sol y saltando de islita en islita hasta las 17 hs, cuando volvimos. Pileta mediante, 3 Singhas heladas, una cena y a dormir.

Mañana nos vamos hacia Phuket!

27/12/2025

AS2025 - Día 22 - Koh Yao Noi - 2025-12-28

by N

Como casi todos los días de estas vacaciones, nuestros días arrancan temprano, porque si algo no somos en esta familia es dormilones. A las 7 AM sonó el despertador y, como era de esperarse, la primera en abrir un ojo fue M.
A las 8 salía nuestro bote gratuito al pier, cuya tecnología de punta consistía básicamente en el pie del capitán apoyado sobre una caña de bambú que —entendemos— oficiaba de acelerador, conectado a un motor lo suficientemente ruidoso como para despertar a un sordo en otra isla.
Llegados al muelle, debíamos combinar con otra embarcación que nos depositaría en Koh Yao Noi. Ya en el pueblo, cerca de las 8:30, teníamos que esperar hasta las 9:45 para ver si el speedboat realmente existía o si era solo una estafa maestra. Pero llegamos antes porque teníamos una misión clara y noble: no nos podíamos ir de Phi Phi sin despedirnos del 7-Eleven.

 

Como no habíamos desayunado y teníamos una hora y media por delante, los más hambrientos fueron directo a McDonald’s, mientras que las más consumistas salimos a dar una vuelta por el pueblo y, obviamente, volvimos con bolsas, además de pasar por nuestro querido 7-Eleven, al que ya extrañábamos como si fuera un familiar cercano.
Era hora de hacer el check-in, así que nos dirigimos al mostrador con el "papelito de almacenero" que nos habían dado ayer a cambio de 250 dólares, y que básicamente decía “vale x8”. Nosotros decidimos confiar. Entregamos esos papelitos y, a cambio, nos dieron unos stickers. Seguimos confiando, porque a esa altura ya no había vuelta atrás.
Finalmente llegó el barco y nuestra embarcación sí existía, momento en el que respiramos hondo y recuperamos la fe en la humanidad.
La espera dentro del speedboat antes de salir fue una experiencia térmica extrema: un calor tan intenso que nos chorreaba la gota gorda, con un aire espeso y pegajoso que nos hizo dudar seriamente si estábamos esperando o siendo lentamente cocinados al vapor dim sum. La situación solo mejoró un poco cuando el bote finalmente partió y apareció algo parecido a una brisa (o al menos la ilusión de movimiento).
Llegamos al puerto de Koh Yao Noi y nos dimos cuenta de que habíamos vuelto a la Tailandia tradicional, donde ya no habrá sándwiches de pollo ni galletitas de agua. Volveremos a una dieta estricta de pollo frito y Pad Thai todos los días, aunque estamos contentos porque pareciera que la isla es básicamente para nosotros, con muy poca gente turisteando.

   

Llegamos al Sea View Bungalow y lo que menos se veía era el mar (Sea), que claramente se había retraído unos 10 mil kilómetros y había dejado en su lugar cangrejos mancos (violinistas) y una arena barrosa que no invitaba demasiado a pisarla. Una situación que, nos enteraríamos después, se presenta dos veces al día con la marea baja.
Empezamos a caminar y algunos cobardes prefirieron volver al frescor de nuestra nueva pileta, mientras que otros nos adentramos en el mar barroso para ver si de cerca la cosa mejoraba. Spoiler: no, nunca mejoró. Así que volvimos un tanto desilusionados también al frescor de la pileta hasta que nuestros bungalows estuvieran listos.

 

Cerca de las 13 hs nos entregaron las llaves. Las cabañas estaban mucho más que aceptables, aunque claramente no tenemos Sea View porque la Pool View estaba más barata (y total, el mar está lejos).
Nos sentamos a almorzar y no nos quedó otra que amigarnos nuevamente con la comida thai, bajando el picor de los paladares con unas cuantas cervezas Singha, mientras el cielo se teñía de un gris tenebroso y se largaba una tormenta que desapareció en apenas 10 minutos.

Pasado el chubasco volvimos a hacer tarde de pileta, porque acá no hay mucho más que eso; el pueblo está a 8 km. Y si bien yo insistí en alquilar 4 motos para recorrer un poco, el público adulto no me acompañó. Se ve que mi idea de aventura ya les pareció demasiado arriesgada, incluso para nosotros.
Entonces, para coronar la tarde, con I nos dimos una nueva sesión de masajes. Luego volvimos a cenar en el restaurante del hotel con una baja: a L la atacó el dolor de cabeza y está con migraña.
Esperemos que pueda reponerse, ya que mañana nos espera una excursión de todo el día para huir de la marea baja, que nos lleva a recorrer los puntos más interesantes de la bahía de Phang Nga, entre ellas la famosa Isla de James Bond.