Parece que L desistió de las escrituras, por lo que los relatos continuarán por parte mía y de mi coescritora N.
A las 8 arrancó el día en nuestra casa de 3 pisos en Patong Hill. Los niños, que habían dormido todos juntos, despertaron al grito del ya conocido "tengo hambre". Esta vez los esperamos preparados, ya que estábamos provistos de leche de vaca (acá no está de más aclarar), mermelada, una margarina dulce que te produce la sensación en el paladar de unos ñoquis pasados de hervor, y 40 rodajas de pan lactal que fuimos tostando en un hornito eléctrico.
Acostumbradas a los desayunos improvisados con alimentos poco convencionales, al encontrarse con este banquete, las criaturas arrasaron con todo.
Luego, la rutina del protector, poner las mallas y preparar las mochilas donde olvidarte de algo es comprarte un problema... Que la toalla, las zapatillas de agua, la ropa para después, las antiparras, el ibuprofeno, curitas por si uno se lástima, el agua y la maldita colita para el pelo por si la otra se pierde... Y eso que no llevamos los tractorcitos para la arena ni las máscaras de snorkel.
Pensar que antes llevábamos un agua, 6 birras y, a lo sumo, un pareo para tirar en la arena. Nuestra vida antes y después de los niños no puede estar mejor explicada que en este reel.
Nuestro destino de hoy: Kamala Beach.
Después de la sobredosis sensorial de Patong (donde todavía estamos tratando de explicarle a los chicos por qué había señoras bailando en las mesas), Kamala Beach apareció como un oasis de cordura. Es la playa a la que venís cuando ya te cansaste de ser joven y aceptás que tu máxima aspiración es que los nenes coman un huevo duro sin tirarse arena en los ojos.
El taxi nos dejó en la puerta de un Big C.
Un gran supermercado. Al parecer encontramos el lugar donde se puede comprar alimento de verdad: mucha carne importada de Australia, vinos, frutas. Cosas que en casa no llaman la atención, pero que en este lado del mundo los minimercados 7-Eleven turísticos no te van a ofrecer. Lástima haberlo encontrado sobre el ocaso de nuestro viaje.
Luego caminamos hasta la playa, donde nos encontramos con la ya clásica sobrepoblación de sombrillas y muchos rusos. Solo que esta vez no teníamos la música al palo de fondo y las zungas fluor con cierre. Eso sí, el sonido de las motitos de agua, la banana y el parasailing no faltan acá tampoco.
Al mediodía improvisamos unos sándwiches que contenía una especie de "jamón" que tenía más pinta de mortadela, un queso algo pastoso y una mayonesa dulce. Todo acompañado de unas Changs. No nos privamos de nada.
El día nos lo pasamos en la playa, con unas palmeras que solo sirvieron para dar la ilusión de sombra y un sol radiante que nos fue cocinando de a poco. Nosotros alternamos cerveza con chapuzones y los más chicos estuvieron todo el día en el agua.
Llegando la tarde se nos planteó la gran disyuntiva: qué hacer a la noche?
En una vida anterior, sin niños, nos hubiéramos quedado en esta playa escuchando música, viendo los fuegos artificiales y la suelta de los Kom Loi (las linternas flotantes de papel). En esa vida no nos hubiese importado que después la vuelta fuera un embudo de 5.000 personas y que eso nos significara volver a cualquier hora o caminar durante 2 horas.
En esta realidad, con los nenes, nos pareció mucho. Así que nuestro plan cambió. Nos despedimos del mar al atardecer con el objetivo de hacernos de provisiones que incluyan alcohol, chocolate y helados, e ir para la casa.
Nuestro nuevo amigo, el Big C, nos proveyó. Pero a la salida, a eso de las 19:30 hs, tuvimos una muestra gratis de lo que pudo haber sido.
Para ese momento ya ningún taxi nos quería llevar. Y por el trayecto que a la mañana habíamos pagado 400 THB por los 8, ahora nos estaban pidiendo un piso de 2.500 THB.
Probamos la parada de taxi y nos pidieron 1.000 para 4. Paramos un tuk-tuk XL, nos pidió 700, pero luego, después de que le mostráramos el mapa y abriera los ojos como dos huevos fritos, se arrepintió y se fue.
A todo esto sufrimos varias cancelaciones de BOLT y el helado comenzó a derretirse.
Y ahí es donde se puso seria la cosa. Porque una cosa es pasar fin de año lejos de la playa, pero otra muy distinta es pasarla sin helado. Ya era demasiado.
Por suerte, cuando todo comenzó a ponerse oscuro, conseguimos un auto que llevó a las chicas, a los niños y a las provisiones por 500 THB.
Con V quedamos varados, pero el helado estaba asegurado. Caminar no era opción, ya que el mapa nos indicaba 2:35 hs de caminata y nuestra idea era llegar antes de las 12.
Probamos moto, hacer dedo. Nada.
Justo cuando estábamos pensando abandonar a la familia e irnos a la playa, un BOLT nos aceptó el viaje por 308 THB. El conductor se nos reía de la situación y, sin que le dijéramos nada, nos repetía frases como "No pick up today", "Today big holiday", "Today pay more".
Por suerte, nuestro conductor alegre, enviado por algún ángel cannábico, atravesó el caos del tránsito de Patong y nos trajo escuchando "I Believe I Can Fly" sintonizada en la ASPEN local.
Y así fue como terminamos pasando Fin de Año en nuestra casa en el Top Hill de Patong. Sin vittel toné ni turrones, pero acompañados de muchas Singhas, chocolate y helado medio derretido, despedimos el 2025 y abrazamos la llegada del 2026.
Para las 12 vimos con cierta nostalgia cómo a lo lejos, en la playa, se veía un flor de quilombo, fuegos artificiales y suelta de globos.
No muy tarde nos fuimos a dormir, que mañana nos espera nuestro último día de playa de esta aventura.
Les mandamos un beso y les deseamos felices viajes a todos!










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