By G
Después de una larga noche reparadora, nos levantamos en nuestra cabaña en las montañas con los primeros rayos del sol que comenzaron a calentar el lugar. No dejo de sorprenderme de la diferencia de temperatura: tal vez 0 grados durante la noche y más de 20 una vez que te pegan los primeros haces de luz.
Con el auto armado y la sequedad de los labios como aliada, salimos hacia la Garganta del Diablo. Por momentos siento que soy una babosa a la que le tiraron un poco de sal. Y nuestros cuerpitos no fueron los únicos que sintieron la sequedad. En algún viaje a Europa habíamos aprovechado para comprar unas buenas zapas de trekking en Decathlon. Así como las compramos, las tuvimos guardadas años esperando el momento. Y este era EL momento.
Para un viaje de una semana nos pareció prudente ir ligeros, y eso incluía un par de zapas para L y uno para mí. La opción natural fue traer el calzado especial para la ocasión. Lo que no tuvimos en cuenta fue que esos años y la sequedad del lugar comenzaron a, literalmente, desintegrar nuestro calzado. Primero se despegaron en la punta y luego se salieron las suelas. En una ferretería conseguimos un poco de cemento de contacto; veremos cómo sale eso.
Nuestro primer destino fue la Garganta del Diablo. El trayecto constó de dos tramos. El primero, en el auto, por un camino serpenteante de piedra que te quitaba el aliento; por un lado, por la espectacularidad del paisaje montañoso con colores que se volvían vivos cuando les pegaba el sol; por otro, por la proximidad a la muerte en cada curva.
El segundo tramo fue una aventura de trekking por la montaña, saltando entre piedras mojadas por el río de agua que bajaba desde la cascada. B se volvió un experto en saltar por las piedras y se convirtió en el guía de la manada para la aventura. Todo a una altura de 3000 m. La energía de los nenes nunca estuvo comprometida.
Humahuaca nos pareció más pintoresca, aunque un poco apagada. Claramente por el horario: salvo la plaza central llena de puestos esperando a turistas de todos lados, el resto de la ciudad descansaba religiosamente hasta las 17 hs.
Con la dentadura floja por los 25 km de mal ripio y un final de muchas curvas y más precipicios, habiendo agradecido que estábamos en un auto de alquiler, llegamos al Hornacal. A una altura de 4500 m los chicos se durmieron. No sabemos si por el apunamiento o por lo que llevan potreando. Si llega a ser lo primero, estoy considerando seriamente elevarles el cuarto a 4500 m sobre el nivel del mar. Ahora que lo pienso, aun si no se apunasen, serviría igual.
Para terminar la noche, volvimos a Tilcara. Paseamos por su plaza y terminamos en la peña de Chuspita. El lugar era comandado por el señor Rosendo "Chuspita" Martínez, quien se jactaba de estar en el ocaso de su vida, pero de haber vivido una vida plena llevando la música de los pueblos originarios a lugares como Estocolmo, Copenhague, Moscú, Oslo, Madrid y hasta el continente asiático.
El ropaje del señor asustó a B, pero su música lo cautivó. Sobre todo cuando tocó la 4ta sinfonía de Beethoven con su sikus y la quena. Ambos instrumentos de viento, construidos con cañas del lugar. La comida estuvo a la altura: comimos unas ricas empanadas al horno y una cazuela de cordero. Todo acompañado con una salsa de llajua (una salsa picante a base de locoto, tomate rallado y ajo).
Después de una larga noche reparadora, nos levantamos en nuestra cabaña en las montañas con los primeros rayos del sol que comenzaron a calentar el lugar. No dejo de sorprenderme de la diferencia de temperatura: tal vez 0 grados durante la noche y más de 20 una vez que te pegan los primeros haces de luz.
Con el auto armado y la sequedad de los labios como aliada, salimos hacia la Garganta del Diablo. Por momentos siento que soy una babosa a la que le tiraron un poco de sal. Y nuestros cuerpitos no fueron los únicos que sintieron la sequedad. En algún viaje a Europa habíamos aprovechado para comprar unas buenas zapas de trekking en Decathlon. Así como las compramos, las tuvimos guardadas años esperando el momento. Y este era EL momento.
Para un viaje de una semana nos pareció prudente ir ligeros, y eso incluía un par de zapas para L y uno para mí. La opción natural fue traer el calzado especial para la ocasión. Lo que no tuvimos en cuenta fue que esos años y la sequedad del lugar comenzaron a, literalmente, desintegrar nuestro calzado. Primero se despegaron en la punta y luego se salieron las suelas. En una ferretería conseguimos un poco de cemento de contacto; veremos cómo sale eso.
Nuestro primer destino fue la Garganta del Diablo. El trayecto constó de dos tramos. El primero, en el auto, por un camino serpenteante de piedra que te quitaba el aliento; por un lado, por la espectacularidad del paisaje montañoso con colores que se volvían vivos cuando les pegaba el sol; por otro, por la proximidad a la muerte en cada curva.
El segundo tramo fue una aventura de trekking por la montaña, saltando entre piedras mojadas por el río de agua que bajaba desde la cascada. B se volvió un experto en saltar por las piedras y se convirtió en el guía de la manada para la aventura. Todo a una altura de 3000 m. La energía de los nenes nunca estuvo comprometida.
Humahuaca nos pareció más pintoresca, aunque un poco apagada. Claramente por el horario: salvo la plaza central llena de puestos esperando a turistas de todos lados, el resto de la ciudad descansaba religiosamente hasta las 17 hs.
Con la dentadura floja por los 25 km de mal ripio y un final de muchas curvas y más precipicios, habiendo agradecido que estábamos en un auto de alquiler, llegamos al Hornacal. A una altura de 4500 m los chicos se durmieron. No sabemos si por el apunamiento o por lo que llevan potreando. Si llega a ser lo primero, estoy considerando seriamente elevarles el cuarto a 4500 m sobre el nivel del mar. Ahora que lo pienso, aun si no se apunasen, serviría igual.
Para terminar la noche, volvimos a Tilcara. Paseamos por su plaza y terminamos en la peña de Chuspita. El lugar era comandado por el señor Rosendo "Chuspita" Martínez, quien se jactaba de estar en el ocaso de su vida, pero de haber vivido una vida plena llevando la música de los pueblos originarios a lugares como Estocolmo, Copenhague, Moscú, Oslo, Madrid y hasta el continente asiático.
El ropaje del señor asustó a B, pero su música lo cautivó. Sobre todo cuando tocó la 4ta sinfonía de Beethoven con su sikus y la quena. Ambos instrumentos de viento, construidos con cañas del lugar. La comida estuvo a la altura: comimos unas ricas empanadas al horno y una cazuela de cordero. Todo acompañado con una salsa de llajua (una salsa picante a base de locoto, tomate rallado y ajo).
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