by G
Resignamos calidad de departamento por cercanía a la playa. Así fue como terminamos en un departamento caracterizado en los años 80, con algo de humedad, puertas de 50 cm (¿es acaso eso legal?) y alguna que otra cucaracha.
Todas estas concesiones se pagarían con creces al momento de abrir la ventana y ver la playa... Al momento de bajar del departamento, caminar 30 m y estar en una fabulosa arena blanca, con aguas claras y morochos vendiendo queijo na brasa.
Pero no contaríamos con Tláloc (Dios de la lluvia). Algún desconsiderado de por acá se ve que le estuvo rezando con ganas, motivo por el cual nos clavó agua los únicos dos días que estaríamos por acá.
Río es un lugar que tiene mucho para ofrecer la mayoría del tiempo, pero muy poco cuando el clima es adverso.
Guardamos la malla, sacamos el pilotín y salimos. Una fugaz aproximación a la playa bastó para estar empapados. Viento, agua y frío. "La arena, el sol, el mar azul, contigo yo y conmigo tú" quedaron no sé dónde.
Personalmente vi la opción de abortar, pero se ve que el hecho de imaginar a B durante 48 hs en esos aposentos hicieron que L tome fuerzas y diga: "¡Vamos igual!". Nos metimos bajo tierra y agarramos el primer metro que pasó. B, maravillado, no paró de gritar: "tren, tren, tren".
Bajamos donde estaba la Biblioteca Nacional (entrada libre y gratuita) y fuimos en búsqueda de las Escalinatas de Selarón (como si hubiera algo que le guste más a B que subir escaleras...). En el camino, el barrio de Lapa nos mostró mucho deus, mucho colonial y mucho homeless.
Eran pasadas las 13 y B se empezaba a poner fastidioso por el hambre. Caminando bajo la lluvia todo es más difícil, hasta que en un momento no aguantó la indefinición de los padres y se metió solo a un restaurante. Era el lugar indicado para comer... no lo pudimos sacar.
Si bien no eligió un lugar para nada gasolero, comimos como los dioses: un risotto de camarones y un filete de bacalao con salsa de aceitunas negras, arroz con pesto de brócoli y una cerveza Bohemia que no está nada mal.
Con energías renovadas caminamos hasta el Museo del Mañana, una imponente estructura a orillas del agua cuya parte exterior, curiosamente, no tiene techo. Hicimos 20 minutos de cola hasta llegar a un metro de la puerta. Ahí se nos acerca un morocho y nos dice: "En Brasil, as crianças não se alinham". Lo podría haber dicho antes, ¿no?
Dentro no es la gran cosa, pero las experiencias audiovisuales, junto con la idea de tirarse al piso para ver todo, a B le encantó.
Resignamos calidad de departamento por cercanía a la playa. Así fue como terminamos en un departamento caracterizado en los años 80, con algo de humedad, puertas de 50 cm (¿es acaso eso legal?) y alguna que otra cucaracha.
Todas estas concesiones se pagarían con creces al momento de abrir la ventana y ver la playa... Al momento de bajar del departamento, caminar 30 m y estar en una fabulosa arena blanca, con aguas claras y morochos vendiendo queijo na brasa.
Pero no contaríamos con Tláloc (Dios de la lluvia). Algún desconsiderado de por acá se ve que le estuvo rezando con ganas, motivo por el cual nos clavó agua los únicos dos días que estaríamos por acá.
Río es un lugar que tiene mucho para ofrecer la mayoría del tiempo, pero muy poco cuando el clima es adverso.
Guardamos la malla, sacamos el pilotín y salimos. Una fugaz aproximación a la playa bastó para estar empapados. Viento, agua y frío. "La arena, el sol, el mar azul, contigo yo y conmigo tú" quedaron no sé dónde.
Personalmente vi la opción de abortar, pero se ve que el hecho de imaginar a B durante 48 hs en esos aposentos hicieron que L tome fuerzas y diga: "¡Vamos igual!". Nos metimos bajo tierra y agarramos el primer metro que pasó. B, maravillado, no paró de gritar: "tren, tren, tren".
Bajamos donde estaba la Biblioteca Nacional (entrada libre y gratuita) y fuimos en búsqueda de las Escalinatas de Selarón (como si hubiera algo que le guste más a B que subir escaleras...). En el camino, el barrio de Lapa nos mostró mucho deus, mucho colonial y mucho homeless.
Si bien no eligió un lugar para nada gasolero, comimos como los dioses: un risotto de camarones y un filete de bacalao con salsa de aceitunas negras, arroz con pesto de brócoli y una cerveza Bohemia que no está nada mal.
Dentro no es la gran cosa, pero las experiencias audiovisuales, junto con la idea de tirarse al piso para ver todo, a B le encantó.
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