by G
El plan era claro: levantarnos a las 8:00 y estar afuera, desayunados los tres, a las 9:00. Llegar a una playa al sudeste de la isla a las 10:00 y quedarnos hasta las 12:30, cuando el sol empieza a pegar más fuerte. Aprovechar el mediodía para comer algo a la sombra y viajar 200 km hacia el norte mientras B duerme su siesta en el auto. Llegar a la nueva playa a las 15:30, justo cuando él despertara, y quedarnos hasta las 18:00 para salir radiantes hacia el pueblo de Orosei. Dejar las cosas, recorrer, comer a las 21:00 y a las 23:00 estar bañados y durmiendo.
Lo que pasó no fue tan así...
A las 8:00 sonó la alarma, pero nos levantamos 8:30. Nos bañamos y desayunamos, pero no sabíamos exactamente a dónde ir. Nos tomamos unos minutos para investigar y marcar un par de destinos. A las 9:30 despertamos a B, lo despegamos de la cama, lo metimos en el auto y a las 10:00 salimos a la ruta.
Eran las 11:30 cuando nos dimos cuenta de que estábamos llegando a la playa sin comida. Fuimos al súper, buscamos estacionamiento y a las 12:00 recién pisamos la arena. A B le pusimos protector, le compramos una sombrilla, le pusimos su remerita para el agua y la gorra: el sol no iba a poder con él.
A las 13:00 comimos algo y a las 14:00 llegó la siesta de B. Ya era tarde para arrancar hacia el otro lado de la isla. El enano durmió como dos horas bajo la sombrilla y ahí aprovechamos para tomar sol nosotros. Para ese entonces, nuestro protector ya se había ido y no teníamos ni remerita de agua ni gorra. Pero nada pasaría, porque el agujero de la capa de ozono es algo del hemisferio sur. Claro.
El agua es súper clara, a tal punto que te podés ver los pies aun teniéndola por el cuello. Cuando B se despertó ya eran las 16:00. Decidimos jugar un poco para que no asociara la levantada de la siesta con la retirada. A las 17:00 encaramos para la ruta y, sin tiempo para la segunda playa, fuimos directo a Orosei.
B se pasó las dos horas de ruta despierto y atado. Se la bancó bastante bien, aunque por momentos se quejó de aburrimiento. Para cuando llegamos a Orosei ya éramos fuego: estábamos recontra quemados. Protector de porquería y maldita capa de ozono... maldigo a los aerosoles! Resulta que acá el sol también quema y nos dejó como un tomate a los dos. Para colmo, para no desentonar, me puse una zunga. No saben cómo tengo las piernitas... es que estaban muy blanquitas.
El departamento de Orosei está en medio del centrito, rodeado de callejuelas empedradas donde los autos pasan con calzador. Estacionar es una cuestión de fe y de los huecos que tu imaginación te brinde. Dimos varias vueltas (el centro ya estaba explotado, con la peatonal habilitada y gente paseando), hasta que enganchamos a uno saliendo y ahí mandamos el 500.
El departamento es espectacular, hecho a nuevo, con muebles y artefactos casi sin usar. Nos bañamos y a las 22:00 salimos a dar una vuelta, pero la aventura duró poco. B ya tenía sueño y hambre, así que volvimos, comimos y a dormir.
El plan era claro: levantarnos a las 8:00 y estar afuera, desayunados los tres, a las 9:00. Llegar a una playa al sudeste de la isla a las 10:00 y quedarnos hasta las 12:30, cuando el sol empieza a pegar más fuerte. Aprovechar el mediodía para comer algo a la sombra y viajar 200 km hacia el norte mientras B duerme su siesta en el auto. Llegar a la nueva playa a las 15:30, justo cuando él despertara, y quedarnos hasta las 18:00 para salir radiantes hacia el pueblo de Orosei. Dejar las cosas, recorrer, comer a las 21:00 y a las 23:00 estar bañados y durmiendo.
Lo que pasó no fue tan así...
A las 8:00 sonó la alarma, pero nos levantamos 8:30. Nos bañamos y desayunamos, pero no sabíamos exactamente a dónde ir. Nos tomamos unos minutos para investigar y marcar un par de destinos. A las 9:30 despertamos a B, lo despegamos de la cama, lo metimos en el auto y a las 10:00 salimos a la ruta.
Eran las 11:30 cuando nos dimos cuenta de que estábamos llegando a la playa sin comida. Fuimos al súper, buscamos estacionamiento y a las 12:00 recién pisamos la arena. A B le pusimos protector, le compramos una sombrilla, le pusimos su remerita para el agua y la gorra: el sol no iba a poder con él.
A las 13:00 comimos algo y a las 14:00 llegó la siesta de B. Ya era tarde para arrancar hacia el otro lado de la isla. El enano durmió como dos horas bajo la sombrilla y ahí aprovechamos para tomar sol nosotros. Para ese entonces, nuestro protector ya se había ido y no teníamos ni remerita de agua ni gorra. Pero nada pasaría, porque el agujero de la capa de ozono es algo del hemisferio sur. Claro.
El agua es súper clara, a tal punto que te podés ver los pies aun teniéndola por el cuello. Cuando B se despertó ya eran las 16:00. Decidimos jugar un poco para que no asociara la levantada de la siesta con la retirada. A las 17:00 encaramos para la ruta y, sin tiempo para la segunda playa, fuimos directo a Orosei.
B se pasó las dos horas de ruta despierto y atado. Se la bancó bastante bien, aunque por momentos se quejó de aburrimiento. Para cuando llegamos a Orosei ya éramos fuego: estábamos recontra quemados. Protector de porquería y maldita capa de ozono... maldigo a los aerosoles! Resulta que acá el sol también quema y nos dejó como un tomate a los dos. Para colmo, para no desentonar, me puse una zunga. No saben cómo tengo las piernitas... es que estaban muy blanquitas.
El departamento de Orosei está en medio del centrito, rodeado de callejuelas empedradas donde los autos pasan con calzador. Estacionar es una cuestión de fe y de los huecos que tu imaginación te brinde. Dimos varias vueltas (el centro ya estaba explotado, con la peatonal habilitada y gente paseando), hasta que enganchamos a uno saliendo y ahí mandamos el 500.
El departamento es espectacular, hecho a nuevo, con muebles y artefactos casi sin usar. Nos bañamos y a las 22:00 salimos a dar una vuelta, pero la aventura duró poco. B ya tenía sueño y hambre, así que volvimos, comimos y a dormir.
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