by G
Despertamos en nuestra cabaña, en el diminuto pueblo de 10 casas, en la comuna de Guggisberg. A esta altura, las nubes posándose sobre el pasto generaban una neblina que te daba la impresión de estar dentro de un cuento de Stephen King.
Por supuesto, esto no impidió que B jugara dentro y fuera de la casa.
Pasadas las 11:00 decidimos ver si era posible atravesar esas nubes. Sin un cohete espacial ni una escalera lunar, agarramos nuestro pequeño auto y fuimos en dirección hacia donde la ruta escalaba al cielo. Así fue como poco a poco fuimos superando ese manto de nubosidad. El camino nos fue dejando en lo más alto de una montaña. Desde ahí arriba, como si fuéramos dioses, pudimos apreciar un paisaje fabuloso. Un cielo azul, un sol radiante y un manto nuboso por debajo de nuestros pies que te hacía sentir que estabas en la inmensidad.
Por la tarde, nuestro destino sería la ciudad de Berna. No sería su arquitectura medieval del siglo XII lo que nos llevaría hasta ahí (su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad y es considerada una de las ciudades más bonitas del país). Tampoco sería su torre del reloj del 1191 (sí, sí... más antigua que la de Volver al Futuro). No lo sería tampoco su imponente Parlamento, ni la casa del mismo Einstein, ni sus fabulosas vistas.
En la ciudad nos encontraríamos con Rover. Un amigo, loquito, que dejó todo y se fue a vivir a Basilea. Con él y con su compañero de vida, Dudu, nos encontraríamos para pasar una tarde fabulosa.
Lo mejor de todo... entre Rover y Dudu lograron encantar a B para que se comportara como casi un señorito durante toda la tarde. Con ellos recorrimos la ciudad de punta a punta y coronaríamos la noche cenando sobre la calle Kramgasse (creo, la principal de este casco histórico).
El menú: 2 fabulosas fondue de queso.
¡Gracias chicos por esta tarde hermosa!
Despertamos en nuestra cabaña, en el diminuto pueblo de 10 casas, en la comuna de Guggisberg. A esta altura, las nubes posándose sobre el pasto generaban una neblina que te daba la impresión de estar dentro de un cuento de Stephen King.
Por supuesto, esto no impidió que B jugara dentro y fuera de la casa.
Pasadas las 11:00 decidimos ver si era posible atravesar esas nubes. Sin un cohete espacial ni una escalera lunar, agarramos nuestro pequeño auto y fuimos en dirección hacia donde la ruta escalaba al cielo. Así fue como poco a poco fuimos superando ese manto de nubosidad. El camino nos fue dejando en lo más alto de una montaña. Desde ahí arriba, como si fuéramos dioses, pudimos apreciar un paisaje fabuloso. Un cielo azul, un sol radiante y un manto nuboso por debajo de nuestros pies que te hacía sentir que estabas en la inmensidad.
Por la tarde, nuestro destino sería la ciudad de Berna. No sería su arquitectura medieval del siglo XII lo que nos llevaría hasta ahí (su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad y es considerada una de las ciudades más bonitas del país). Tampoco sería su torre del reloj del 1191 (sí, sí... más antigua que la de Volver al Futuro). No lo sería tampoco su imponente Parlamento, ni la casa del mismo Einstein, ni sus fabulosas vistas.
En la ciudad nos encontraríamos con Rover. Un amigo, loquito, que dejó todo y se fue a vivir a Basilea. Con él y con su compañero de vida, Dudu, nos encontraríamos para pasar una tarde fabulosa.
Lo mejor de todo... entre Rover y Dudu lograron encantar a B para que se comportara como casi un señorito durante toda la tarde. Con ellos recorrimos la ciudad de punta a punta y coronaríamos la noche cenando sobre la calle Kramgasse (creo, la principal de este casco histórico).
El menú: 2 fabulosas fondue de queso.
¡Gracias chicos por esta tarde hermosa!



No hay comentarios:
Publicar un comentario