By L
Afortunadamente pudimos descansar gracias a que un ángel de American Airlines, por motus propia, destinó los asientos compatibles con cuna. El vuelo un lujo excepto porque, faltando tres horas de vuelo (y unas 5 horas para que B cubriera su cuota de sueño) una azafata se puso la gorra y nos indicó que mientras la señal de abrochar cinturones estuviera encendida, teníamos que llevar al monstruo con nosotros. Pareciera que esta señora estaba aburrida esperando a ver a quién le podía complicar la existencia y nos sacamos la lotería, porque la verdad es que durante todo viaje la señal estuvo encendida sin razón alguna... Pese a mi negativa absoluta de interrumpir el sueño de B, G se encargó de levantarlo y transformar el resto del viaje en una tortura.
Una vez aterrizados y sin mayores inconvenientes, retiramos nuestro equipaje y nos dirigimos a la ciudad. Nuestro primer destino fue la tienda de bebés de la que retiramos el tan ansiado cochecito súper meta híper, mega, plegable. Pero... qué decepción!!! Luego de darle muchas oportunidades, y hoy siendo las 22 horas, acepto que me ganó: si bien se pliega tanto como buscaba, ya que la hebilla del cinturón es una trampa para bbs... intentaremos mañana poner a prueba a los maravillosos alemanes al devolver el coche... :(
Con B motorizado fuimos a hospedarnos en la casa de Darius quien nos recibió con un rico café. Su depto frente al Meno, está muy bien ubicado. Con un cielo amenazante y tras una minisiesta de B, decidimos finalmente salir, con tanta mala suerte que habiendo hecho tan solo 30 m se largó un diluvio que nos hizo buscar asilo en una entrada de un edificio.
Por suerte siempre que llovió, paró y con dirección a Hauptwache, recorrimos la zona comercial y cruzamos el Meno para ir a cenar a restó típico de Sachsenhäuser la zona de Frankfurt con mayor encanto.
De este lugar un par de notas de color: si no te molesta que te atienda una mezcla de alemán enorme, con transexual, todo pintarrajeado, este es tu lugar. Gozamos de buena comida, cerveza y Apple Wine, la bebida típica de la ciudad no podremos volver (no deja de ser una sidra barata que quedó destapada fuera de la heladera en Navidad y que te tomás por error a la mañana siguiente pensando que es jugo de manzana)...
Tras un pequeño malentendido con la moza que casi nos cuenta 11 euros de propina (Sarito Rockefeller no me pudo o quiso decir qué fue lo que le dijo para que ella entendiera que en Argentina nos llueven euros, y vamos por la vida dejando casi un 40% en concepto de tip...) la verdad que ni el lugar ni la comida decepciona.
Dejando la experiencia gastronómica de lado, y nuevamente con B motorizado, retornamos a nuestro departamento frente al río para por primera vez en estas vacaciones, reposar nuestros cuerpitos en una adorable cama!






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