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Amanecimos en nuestra preciosa morada transitoria con un día lluvioso, gris y fresco. Tras ubicar los puntos de interés en un mapa y confirmar que todo estaba muy cerca, decidimos dejar el parque Shiroyama para la tarde, tentando a la suerte de que amainara el agua.
Arrancamos recorriendo el casco histórico Sanmachi, unas tres callejuelas que aún con lluvia enamoran a cualquiera. Nuestro espíritu consumista ya empezaba a hacer efecto en nosotros, y D fue la que arrancó pecando, olvidando el cambio sumamente inconveniente de nuestra moneda local.
Luego, tras cruzar el puente rojo, llegamos a uno de los mercados matutinos callejeros, Jinyamae, en el que nos proveímos de frutas varias gratarola gracias al ofrecimiento de los puesteros con la esperanza de que compráramos algo. Claro que no era nuestro plan con los precios inaccesibles de las frutas frescas de este país.
Luego, ya sobre el mediodía, alcanzamos a visitar algunos pocos puestos que quedaban del último y más grande mercado (Miyagawa) donde pudimos probar una especialidad local, los takoyaki, unas bolas fritas de papa, queso, cebolla de verdeo y pulpo. Geniales!!!!
Con la mayor parte recorrida, volvimos a la casa para almorzar y probar suerte con la siesta de B para que hiciera nuestra tarde más tolerable. Sin éxito, arrancamos hacia el parque.
Con un descanso de la lluvia y pocas expectativas, comenzamos la subida. Sí, importante subida que prometía muchas escaleras. Con un cartel que agradecía tener cuidado con los bears/osos (sí, osos), engañando a F que en lugar de bears (osos) el cartel indicaba tener cuidado con los bears (calvos), engañando a D que el recorrido era sencillo y corto, con B en un ataque de los suyos, emprendimos la cuesta. Con F no muy convencido de las razones varias que le dábamos para cuidarnos de los calvos o cuidar a los calvos, fuimos llegando a distintas paradas en medio de lo que resultó de un bosque fantástico, súper japanese-free, aire puro que nos llevó a las ruinas del castillo de Takayama, el cual realmente eran ruinas que no valían la pena pero el paisaje compensó todo. De lo mejor del viaje.
Ya habiendo pegado la vuelta, y aclarando el pequeño engaño de palabras, F, entre medio del miedo ahora y su interés por mostrarle a D un honguito especial "que había visto en el camino", hizo que madre e hijo se adentraran nuevamente en el bosque, solos, y con la promesa de una visita de calvos, a lo que según el relato de D, B le decía "por qué vamos solos si nosotros no somos valientes". Pero para tranquilidad de abuelos y tías, ambos volvieron sanos y salvos habiendo superado sus limitaciones y sin cruzarse a calvos!
Camino a la estación del JR para adquirir nuestros boletos para mañana, caímos en la trampa consumista y nos hicimos de unos cuencos de madera de Japanese Ash, que no quiero pasar a pesos, volvimos a confirmar lo casi ridículo de este país. En la esquina más transitada de Takayama, con semáforo y un tráfico de 5 autos cada 30 min, en las esquinas cruzadas del cruce de calles, dos empleados organizando el tránsito...??!!!##





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