by G
Dejamos atrás nuestro hospedaje de Jerez y nos movimos con destino a Tarifa, la ciudad más al sur de toda Europa continental. La ruta ya nos marcó la proximidad con África: en la radio se escuchaban mayoritariamente emisoras árabes.
Para el mediodía estábamos en Vejer de la Frontera, el primero de los pueblos blancos. Incrustado en lo alto de una montaña, tras dejar el auto en la base, la manera de subir a este pueblo era... por escaleras.
B tuvo la ocurrencia de pensar que el pueblo era seguro, ya que "si viene un ladrón no va a poder subir, porque se va a cansar".
Como era de esperar, nos encontramos con un pueblo pintado de blanco con un encalado que servía para evitar epidemias. Lo único que no estaba pintado de blanco era la iglesia central, que claramente tiene una protección celestial (2-13).
Por la tarde, dejamos Vejer y ruteamos por un camino repleto de enormes molinos de viento (aerogeneradores). El destino era la Playa de Bolonia. Y ya esos molinos debieron darnos un indicio de lo que pasaría. Nos encontramos con la playa por excelencia para practicar windsurf y kitesurf. También el nuevo deporte de Supermatch... "cómo armar una carpa con vientos de 70km/h y no salir volando en el intento". Sacando eso, esta playa es súper recomendable. Amplia, cómoda y agreste (14-16). Según un blog, "la playa más salvaje de Tarifa".
Luego de tirar las mochilas en nuestro nuevo hospedaje y un baño, salimos a cenar por Tarifa. Terminamos en un lugar llamado "La burla". Ahí nos atendió Pepe, una versión europea del Mono de Kapanga. Oriundo de Italia, napolitano, criado en el norte y dueño del boliche al que llegamos por sus buenas críticas en TripAdvisor.
La noche pasó entre un surtido de tapas y la buena atención de nuestro anfitrión. Comimos carne grillada, albondigón, bacalao con tomate, gambón frito con bacon y queso, pinchos de gambas con calabacín y queso, pollo al curry y ensaladilla de atún (17).
Bruno jugó con unos amiguitos mientras nosotros degustamos un limoncello que nos regaló Pepe (18). Con la panza llena y feliz, nos fuimos a dormir.
Dejamos atrás nuestro hospedaje de Jerez y nos movimos con destino a Tarifa, la ciudad más al sur de toda Europa continental. La ruta ya nos marcó la proximidad con África: en la radio se escuchaban mayoritariamente emisoras árabes.
Para el mediodía estábamos en Vejer de la Frontera, el primero de los pueblos blancos. Incrustado en lo alto de una montaña, tras dejar el auto en la base, la manera de subir a este pueblo era... por escaleras.
B tuvo la ocurrencia de pensar que el pueblo era seguro, ya que "si viene un ladrón no va a poder subir, porque se va a cansar".
Como era de esperar, nos encontramos con un pueblo pintado de blanco con un encalado que servía para evitar epidemias. Lo único que no estaba pintado de blanco era la iglesia central, que claramente tiene una protección celestial (2-13).
Por la tarde, dejamos Vejer y ruteamos por un camino repleto de enormes molinos de viento (aerogeneradores). El destino era la Playa de Bolonia. Y ya esos molinos debieron darnos un indicio de lo que pasaría. Nos encontramos con la playa por excelencia para practicar windsurf y kitesurf. También el nuevo deporte de Supermatch... "cómo armar una carpa con vientos de 70km/h y no salir volando en el intento". Sacando eso, esta playa es súper recomendable. Amplia, cómoda y agreste (14-16). Según un blog, "la playa más salvaje de Tarifa".
Luego de tirar las mochilas en nuestro nuevo hospedaje y un baño, salimos a cenar por Tarifa. Terminamos en un lugar llamado "La burla". Ahí nos atendió Pepe, una versión europea del Mono de Kapanga. Oriundo de Italia, napolitano, criado en el norte y dueño del boliche al que llegamos por sus buenas críticas en TripAdvisor.
La noche pasó entre un surtido de tapas y la buena atención de nuestro anfitrión. Comimos carne grillada, albondigón, bacalao con tomate, gambón frito con bacon y queso, pinchos de gambas con calabacín y queso, pollo al curry y ensaladilla de atún (17).
Bruno jugó con unos amiguitos mientras nosotros degustamos un limoncello que nos regaló Pepe (18). Con la panza llena y feliz, nos fuimos a dormir.
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