by G
Despertamos a las 7 para ir a visitar a primera hora la Alhambra. Impresionante la amplitud térmica de este lugar: 10 °C la mínima, 25 °C la máxima. A las 8:35 estábamos entrando. Una ciudad amurallada creada por la última dinastía árabe que habitó la península y que está ubicada en lo alto del cerro de La Sabika. Cuenta con palacios, jardines, mezquita, baños, mercado, talleres, silos, escuelas y cuarteles.
Un poco colmado de gente, pero una excelente referencia de lo que dejaron los árabes tras 700 años en esta península.
Arrancamos por los Palacios Nazaríes; desbordan detalles en sus paredes enyesadas y sus techos. Están repletos de fuentes de agua que buscaban transmitir frescura, armonía y serenidad. Esa sensación se respiraría hoy en día si el paseo no hubiera estado acompañado por el "quiero las pelotitas" de un Bruno encaprichado por unos caramelos.
Pegada, la Alcazaba, que fue la fortaleza y lo primero que construyó el primer sultán al poner pie en la colina. En ella vivían los soldados que cuidaban la ciudad.
Nos gustó todo mucho. Al salir del primer sector y ver la cola de ingreso, sentimos alivio de haber estado allí a las 8:30. Siendo las 11:30, la cola ya era unas 20 veces mayor a la que habíamos hecho nosotros. Está claro que a los españoles no les gusta madrugar. Salir de ahí nos hizo sentir como peces nadando en contra de la corriente.
Seguimos el recorrido por el Palacio de Carlos V, los jardines de la Alhambra y, finalmente, por el Generalife. Este último, una villa rural donde jardines ornamentales, huertos y arquitectura se integraban.
Después de cinco horas, para eso de las 14:00, estábamos fuera del complejo. L estaba insistente con que quería conocer el barrio del Albaicín. "Es acá nomás", decía, "unos 20 minutos caminando". Mi único miedo era que no fuera en subida. La respuesta fue: "Las fortalezas están en las partes más altas, por lo que solo puede ser para abajo". Lo que no tuvimos en cuenta es que, si bajás mucho mucho, después puede arrancar nuevamente el ascenso, y así fue. Fue en el momento justo, además, en el que B se empacó.
Subir con mochila y B en la cabeza es una tarea de mula. Y así me sentí. Por la calle, me llamaron la atención los glúteos de la gente. Hombres, mujeres... hasta los perros. Todos con glúteos fortificados que claramente habían sido generados en este contexto. Después nos enteramos de que el Albaicín está a 800 m sobre el nivel del mar. Tal vez este dato hubiera sido útil el día anterior.
Eso sí, desde estas alturas se pueden no solo apreciar las callejuelas de este barrio, sino parar en los miradores panorámicos para sacar una buena foto de la Alhambra. Lo único medio raro fue un árabe borracho diciendo: "Tengo la mochila llena de explosivos, me voy a inmolar". Del Mirador de San Nicolás se puede obtener una de las mejores vistas del complejo.
Luego, ya colina abajo, recorrimos la Carrera del Darro, teóricamente la calle más linda del mundo... se nota que no recorrieron mucho estos granadinos.
Tras una parada técnica en El Corte Inglés para hacernos con unos víveres y una pasada fugaz por la plaza de juegos, terminamos el día cenando unas deliciosas rabas con cerveza.
Despertamos a las 7 para ir a visitar a primera hora la Alhambra. Impresionante la amplitud térmica de este lugar: 10 °C la mínima, 25 °C la máxima. A las 8:35 estábamos entrando. Una ciudad amurallada creada por la última dinastía árabe que habitó la península y que está ubicada en lo alto del cerro de La Sabika. Cuenta con palacios, jardines, mezquita, baños, mercado, talleres, silos, escuelas y cuarteles.
Un poco colmado de gente, pero una excelente referencia de lo que dejaron los árabes tras 700 años en esta península.
Arrancamos por los Palacios Nazaríes; desbordan detalles en sus paredes enyesadas y sus techos. Están repletos de fuentes de agua que buscaban transmitir frescura, armonía y serenidad. Esa sensación se respiraría hoy en día si el paseo no hubiera estado acompañado por el "quiero las pelotitas" de un Bruno encaprichado por unos caramelos.
Pegada, la Alcazaba, que fue la fortaleza y lo primero que construyó el primer sultán al poner pie en la colina. En ella vivían los soldados que cuidaban la ciudad.
Nos gustó todo mucho. Al salir del primer sector y ver la cola de ingreso, sentimos alivio de haber estado allí a las 8:30. Siendo las 11:30, la cola ya era unas 20 veces mayor a la que habíamos hecho nosotros. Está claro que a los españoles no les gusta madrugar. Salir de ahí nos hizo sentir como peces nadando en contra de la corriente.
Seguimos el recorrido por el Palacio de Carlos V, los jardines de la Alhambra y, finalmente, por el Generalife. Este último, una villa rural donde jardines ornamentales, huertos y arquitectura se integraban.
Después de cinco horas, para eso de las 14:00, estábamos fuera del complejo. L estaba insistente con que quería conocer el barrio del Albaicín. "Es acá nomás", decía, "unos 20 minutos caminando". Mi único miedo era que no fuera en subida. La respuesta fue: "Las fortalezas están en las partes más altas, por lo que solo puede ser para abajo". Lo que no tuvimos en cuenta es que, si bajás mucho mucho, después puede arrancar nuevamente el ascenso, y así fue. Fue en el momento justo, además, en el que B se empacó.
Subir con mochila y B en la cabeza es una tarea de mula. Y así me sentí. Por la calle, me llamaron la atención los glúteos de la gente. Hombres, mujeres... hasta los perros. Todos con glúteos fortificados que claramente habían sido generados en este contexto. Después nos enteramos de que el Albaicín está a 800 m sobre el nivel del mar. Tal vez este dato hubiera sido útil el día anterior.
Eso sí, desde estas alturas se pueden no solo apreciar las callejuelas de este barrio, sino parar en los miradores panorámicos para sacar una buena foto de la Alhambra. Lo único medio raro fue un árabe borracho diciendo: "Tengo la mochila llena de explosivos, me voy a inmolar". Del Mirador de San Nicolás se puede obtener una de las mejores vistas del complejo.
Luego, ya colina abajo, recorrimos la Carrera del Darro, teóricamente la calle más linda del mundo... se nota que no recorrieron mucho estos granadinos.
Tras una parada técnica en El Corte Inglés para hacernos con unos víveres y una pasada fugaz por la plaza de juegos, terminamos el día cenando unas deliciosas rabas con cerveza.
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