by G
El hospedaje no resultó de lo mejor. Veníamos muy mal acostumbrados a las buenas experiencias. En este caso, los nenes durmieron en la cama matrimonial. L y quien escribe, en un sofá cama con un colchón casi inexistente y maderas que, si dormís boca abajo, se te incrustan hasta en la espalda.
Después de un desayuno nutritivo, salimos a recorrer Marbella.
Arrancamos por el casco histórico, que es donde estábamos. Esta parte es muy pintoresca: mucha maceta, mucha flor adornando las paredes blancas y las rejas negras. Jazmines, santa ritas y begonias de distintos colores, strelitzias y, por supuesto, naranjos en las calles.
Pasamos por el pequeño Paseo de la Alameda, con su biodiversidad urbana y sus bancos de cerámica pintados con esquinas de Marbella.
La bajada a la playa por Avenida del Mar cuenta con estructuras estrambóticas de Salvador Dalí que solo él y personas bajo consumo de alucinógenos pueden comprender.
Notamos que Marbella tiene una buena diversidad de juegos para niños. Hoy en total pasamos por tres y esquivamos otros dos. Luego de una comida rápida en uno de los juegos, enfilamos para la playa.
La playa céntrica de Marbella se llama Playa de Venus. Tiene arena gris. Es una playa súper angosta, con muchas reposeras y gaviotas del tamaño de una gallina. En la entrada, más juegos. B encontró el puente de Shrek y no hubo manera de decirle que no suba.
Caminamos por el paseo marítimo hasta llegar a la Playa de la Fontanilla con la esperanza de alejarnos un poco de la muchedumbre de esta gran ciudad costera. Por el paseo, de un lado el mar, del otro edificios y restaurantes. Muchos edificios, muchos restaurantes y mucha gente. Mucha gente, y mucha basura. Los departamentos miraban al mar con los toldos típicos que vemos en nuestra costa. Esos que los hay lisos y rayados.
La Playa de la Fontanilla resultó parecida a la otra... finita, larga y plagada de sombrillas y reposeras. Con gente en los chiringuitos, de camisa, con un aperitivo en mano y su yate amarrado en la costa. Ahí estábamos nosotros, tirados en la arena, con la toalla de microfibra de Decathlon de 5 euros.
Escuchando a la muchedumbre me llamó la atención la cantidad de turismo no español, cosa que no nos había pasado hasta ahora. Franceses, alemanes, polacos, rusos, nigerianos... aunque estos últimos, en realidad, estaban vendiendo carteras.
Dejando la playa, un juego más. Esta vez fue un barco donde B se hizo amigo de un nene musulmán y le contó lo divertida que era la Navidad.
A la noche, si bien ya estábamos cansados, después de comer unas improvisaciones recalentadas en microondas, salimos a tomar un helado. La ciudad vieja de noche tiene otro brillo y el helado en esta familia siempre es bienvenido, sobre todo para los dos pequeños. Eso sí, a la vuelta, con el exceso de azúcar fue MUY difícil hacerlos dormir.
El hospedaje no resultó de lo mejor. Veníamos muy mal acostumbrados a las buenas experiencias. En este caso, los nenes durmieron en la cama matrimonial. L y quien escribe, en un sofá cama con un colchón casi inexistente y maderas que, si dormís boca abajo, se te incrustan hasta en la espalda.
Después de un desayuno nutritivo, salimos a recorrer Marbella.
Arrancamos por el casco histórico, que es donde estábamos. Esta parte es muy pintoresca: mucha maceta, mucha flor adornando las paredes blancas y las rejas negras. Jazmines, santa ritas y begonias de distintos colores, strelitzias y, por supuesto, naranjos en las calles.
Pasamos por el pequeño Paseo de la Alameda, con su biodiversidad urbana y sus bancos de cerámica pintados con esquinas de Marbella.
La bajada a la playa por Avenida del Mar cuenta con estructuras estrambóticas de Salvador Dalí que solo él y personas bajo consumo de alucinógenos pueden comprender.
Notamos que Marbella tiene una buena diversidad de juegos para niños. Hoy en total pasamos por tres y esquivamos otros dos. Luego de una comida rápida en uno de los juegos, enfilamos para la playa.
La playa céntrica de Marbella se llama Playa de Venus. Tiene arena gris. Es una playa súper angosta, con muchas reposeras y gaviotas del tamaño de una gallina. En la entrada, más juegos. B encontró el puente de Shrek y no hubo manera de decirle que no suba.
Caminamos por el paseo marítimo hasta llegar a la Playa de la Fontanilla con la esperanza de alejarnos un poco de la muchedumbre de esta gran ciudad costera. Por el paseo, de un lado el mar, del otro edificios y restaurantes. Muchos edificios, muchos restaurantes y mucha gente. Mucha gente, y mucha basura. Los departamentos miraban al mar con los toldos típicos que vemos en nuestra costa. Esos que los hay lisos y rayados.
La Playa de la Fontanilla resultó parecida a la otra... finita, larga y plagada de sombrillas y reposeras. Con gente en los chiringuitos, de camisa, con un aperitivo en mano y su yate amarrado en la costa. Ahí estábamos nosotros, tirados en la arena, con la toalla de microfibra de Decathlon de 5 euros.
Escuchando a la muchedumbre me llamó la atención la cantidad de turismo no español, cosa que no nos había pasado hasta ahora. Franceses, alemanes, polacos, rusos, nigerianos... aunque estos últimos, en realidad, estaban vendiendo carteras.
Dejando la playa, un juego más. Esta vez fue un barco donde B se hizo amigo de un nene musulmán y le contó lo divertida que era la Navidad.
A la noche, si bien ya estábamos cansados, después de comer unas improvisaciones recalentadas en microondas, salimos a tomar un helado. La ciudad vieja de noche tiene otro brillo y el helado en esta familia siempre es bienvenido, sobre todo para los dos pequeños. Eso sí, a la vuelta, con el exceso de azúcar fue MUY difícil hacerlos dormir.
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