by Lu
El desayuno del Gasthof (casa de huéspedes) de Rothenburg fue indescriptible. A pesar de ser los únicos hospedados, el desayuno fue variado y abundante. Acá se estila desayunar con todo: fiambres, huevo, etc. Como podrán imaginarse, a nosotros no nos causaba mucha gracia mojar el sándwich en el café con leche, por lo cual decidimos hacer la gran argentiniada y los llevamos para que cubran nuestras necesidades durante el almuerzo.
Abandonamos la posada y comenzamos a recorrer Rothenburg. Este pueblo parece haberse escapado de un cuento de princesas (y príncipes) con sus torres, murallas y fosos. Y como no podía faltar, este pueblo también se caracterizó alguna vez por sus torturas.
A diferencia de lo que observamos por la noche, este pueblo parece revivir durante el día, llenándose sus calles con cientos de turistas por doquier. Recorrimos el denominado Spitalbastei, bastión de la muralla del siglo 17, con sus patios internos, luego los jardines del castillo (el cual ya no existe debido a un terremoto) de 1140 desde el cual se observa el Valle del Tauber.
Hacia el mediodía decidimos emprender la retirada con rumbo a nuestro próximo destino: Núremberg. Esta ciudad fue destruida en un 90% durante la Segunda Guerra Mundial y fue reconstruida manteniendo el estilo. El hotel donde nos hospedamos quedaba a 5 paradas del subte (U1), pero la verdad que muy bien. La habitación para 4 parecía mi depto. de Directorio pero con más onda: dos subhabitaciones, amplio baño y hasta escritorio, plasma y frigobar.
Dejamos todo y rápidamente salimos con dirección a la ciudad vieja. En Alemania las mismas suelen estar rodeadas con una muralla y, en la altura, las ciudades tienen un castillo. Nuestra primera parada fue Kaiserburg —castillo imperial del siglo 12— y visitamos su torre y el pozo profundo.
Vale la pena mencionar al personaje que encontramos en dicho pozo de 43 m de profundidad, que con su inglés de marcado acento alemán nos contó una historia sumamente interesante sobre el mismo.
Al parecer esta fuente de agua potable natural era un secreto de estado que se guardaba con celosía. Sabri, Ale, G y yo coincidimos que esta ciudad medieval, si bien hermosa, no tiene mucho que envidiarle a la de Rothenburg. Una diferencia fácilmente apreciable es la cantidad de gente caminando por todos lados, independientemente de la hora. De hecho, esto nos costó poder cenar en el lugar que habíamos elegido durante la tarde.
Luego del castillo, hicimos un tour guiado por los túneles subterráneos (Felsengänge) que fueron creados para estacionar la cerveza por su baja temperatura de 10 grados, bebida tan preciada por los alemanes, y que durante la Segunda Guerra Mundial sirvió también de cuartel y refugio antibombas.
Estos túneles tienen un área total de 20.000 m2 y se encuentran debajo de toda la ciudad. El tour contaba toda la historia y finalizaba en una cervecería pequeña que, con un descuento, nos decidió a escapar del frío y hacerle honores a la bebida nacional alemana.
Retomamos las calles para ver esta hermosa ciudad una vez más antes de sentarnos a comer las típicas salchichas de Núremberg, que resultaron ser más cortas de lo que Ale suponía.
Ya en el hotel, terminamos la noche jugando a los toritos, un juego alemán súper divertido que venimos experimentando noche tras noche y al que el pobre G lo tiene traumado ¡porque siempre pierde!
besoooooo
El desayuno del Gasthof (casa de huéspedes) de Rothenburg fue indescriptible. A pesar de ser los únicos hospedados, el desayuno fue variado y abundante. Acá se estila desayunar con todo: fiambres, huevo, etc. Como podrán imaginarse, a nosotros no nos causaba mucha gracia mojar el sándwich en el café con leche, por lo cual decidimos hacer la gran argentiniada y los llevamos para que cubran nuestras necesidades durante el almuerzo.
Abandonamos la posada y comenzamos a recorrer Rothenburg. Este pueblo parece haberse escapado de un cuento de princesas (y príncipes) con sus torres, murallas y fosos. Y como no podía faltar, este pueblo también se caracterizó alguna vez por sus torturas.
A diferencia de lo que observamos por la noche, este pueblo parece revivir durante el día, llenándose sus calles con cientos de turistas por doquier. Recorrimos el denominado Spitalbastei, bastión de la muralla del siglo 17, con sus patios internos, luego los jardines del castillo (el cual ya no existe debido a un terremoto) de 1140 desde el cual se observa el Valle del Tauber.
Hacia el mediodía decidimos emprender la retirada con rumbo a nuestro próximo destino: Núremberg. Esta ciudad fue destruida en un 90% durante la Segunda Guerra Mundial y fue reconstruida manteniendo el estilo. El hotel donde nos hospedamos quedaba a 5 paradas del subte (U1), pero la verdad que muy bien. La habitación para 4 parecía mi depto. de Directorio pero con más onda: dos subhabitaciones, amplio baño y hasta escritorio, plasma y frigobar.
Dejamos todo y rápidamente salimos con dirección a la ciudad vieja. En Alemania las mismas suelen estar rodeadas con una muralla y, en la altura, las ciudades tienen un castillo. Nuestra primera parada fue Kaiserburg —castillo imperial del siglo 12— y visitamos su torre y el pozo profundo.
Vale la pena mencionar al personaje que encontramos en dicho pozo de 43 m de profundidad, que con su inglés de marcado acento alemán nos contó una historia sumamente interesante sobre el mismo.
Al parecer esta fuente de agua potable natural era un secreto de estado que se guardaba con celosía. Sabri, Ale, G y yo coincidimos que esta ciudad medieval, si bien hermosa, no tiene mucho que envidiarle a la de Rothenburg. Una diferencia fácilmente apreciable es la cantidad de gente caminando por todos lados, independientemente de la hora. De hecho, esto nos costó poder cenar en el lugar que habíamos elegido durante la tarde.
Luego del castillo, hicimos un tour guiado por los túneles subterráneos (Felsengänge) que fueron creados para estacionar la cerveza por su baja temperatura de 10 grados, bebida tan preciada por los alemanes, y que durante la Segunda Guerra Mundial sirvió también de cuartel y refugio antibombas.
Estos túneles tienen un área total de 20.000 m2 y se encuentran debajo de toda la ciudad. El tour contaba toda la historia y finalizaba en una cervecería pequeña que, con un descuento, nos decidió a escapar del frío y hacerle honores a la bebida nacional alemana.
Retomamos las calles para ver esta hermosa ciudad una vez más antes de sentarnos a comer las típicas salchichas de Núremberg, que resultaron ser más cortas de lo que Ale suponía.
Ya en el hotel, terminamos la noche jugando a los toritos, un juego alemán súper divertido que venimos experimentando noche tras noche y al que el pobre G lo tiene traumado ¡porque siempre pierde!
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